Los viejos ventanales, balcones y portones
del barrio San Felipe, “cubiertos de jazmines
y cundeamores”, como los describió Julio B.
Sosa en su célebre novela Tú sola en mi vida,
todavía se erigen de forma soberbia. Vetustos
y deteriorados, estos rincones aún parecen
conservar el romanticismo de la vieja ciudad
panameña, antaño ocupada por conventos,
residencias de aristócratas y comercios
prósperos.
Bordeando los angostos callejones de ladrillo,
la ciudad fundada en 1673 conserva el
esplendor de la arquitectura española y sus
grandes arcos; el romance de los ventanales
franceses y la solidez de la construcción italiana,
muy influyente en ese entonces, que luego se
fundieron con otras edificaciones modernas
de finales del siglo XIX. Como resultado,
este conjunto de inmuebles coloridos, hoy
conservado en calidad de Patrimonio Mundial
de la Humanidad, destaca como zona cultural
y de gran potencial turístico y residencial. Contigua a la Plaza Herrera, la tarde del martes
en el Casco Viejo se mostraba tranquila.
Las señoras conversaban en la esquina,
mientras que un anciano se asomaba al balcón—descascarillado y florido— al escuchar el
paso de un carro que se aproximaba. Esta
ciudadela, única e irrepetible en el resto de la
Nación y siempre resguardada por el océano
Pacífico, es una pequeña urbe por sí sola en
donde confluyen diversos tipos de negocios y
residentes de todos los estratos sociales.
Su corazón es la Plaza de la Catedral, que aún guarda con recelo
los suspiros de la heroína literaria de Sosa, Gabriela Ocampo, y los
cánticos de la misa de gallo y retretas dominicales que se cuelan
por los ventanales aledaños, amplios y coloridos.
A pesar del evidente abandono que sufrió por años, el Casco Viejo
es ahora un asunto de interés para las instituciones gubernamentales
y la empresa privada, que buscan devolverle el esplendor a esta
zona. Para ello se ha restaurado una buena cantidad de edificios,
en donde se han establecido centros culturales y comerciales. No
obstante, la Oficina del Casco Antiguo (OCA) también impulsa la
restauración de estos edificios, con el fin de ampliar la disponibilidad
de viviendas de bajo costo para las familias que han sido residentes
del barrio por muchos años y también agilizar otros proyectos
como capacitar a los propios residentes del corregimiento, en el
conocimiento y aprecio por su arquitectura.
Judith Jaén, asistente de la dirección de la OCA, explica que con
la puesta en marcha de programas como la Escuela Taller, donde
se aprenden los oficios necesarios para aumentar la valorización
del patrimonio arquitectónico de la zona, se ha logrado rehabilitar
algunos inmuebles de este conjunto monumental.
Detrás de sus puertas —algunas son verdaderas obras maestras
de madera o hierro forjado— se escoden patios o escalinatas que
hoy funcionan como porterías de restaurantes, tiendas, centros
musicales y espacios alternativos de arte que imitan un poco
otros modelos vistos en Latinoamérica y Europa. Muchos de estas
construcciones tienen más de trescientos años y aún evocan
historias y gestas de quienes habitaron sus paredes. Asomarse por
sus ventanas es adentrarse en misteriosos escenarios del
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