Todo puente tiene una expresión ligada a la transición entre dos
estados espirituales; y es sabido que los objetos cumplen una función
de apoyo o de extensión de las facultades corporales. El homo faber,
el hacedor de cosas, ha elaborado un mundo objetual que ayuda
a multiplicar sus capacidades y a dar un soporte a sus acciones. Y
uno de los frutos más útiles de la inventiva humana es, sin duda, el
puente, que comunica culturas, ciudades y pensamientos.
Ya en el siglo VIII a.C., Herodoto describió un puente que atravesaba
el río Éufrates en Babilonia. Durante las invasiones persas, el rey
Darío, en 512, hizo construir un puente con más 600 barcos para
cruzar el Bósforo, lo cual le permitió invadir el sudeste de Europa.
Pero fueron los romanos quienes desarrollaron la técnica más
depurada para construir puentes. Baste como ejemplo que, en el
año 50, César ordenó tender un puente de 420 m de largo sobre el Rhin y fue obedecido en sólo diez días. De hecho, fueron tan hábiles en esta labor, que transcurrieron varios siglos antes de que en Europa
se reanudase la construcción de puentes.
Así, la genial idea de salvar accidentes geográficos mediante puentes, desde tiempos inmemoriales, permitió ganar algunas batallas y perder
otras tantas. Partiendo del principio básico de un tronco derribado sobre un cauce, una piedra desprendida o simplemente materiales volcados
sobre un barranco, la construcción de puentes ha sido todo un reto para los ingenieros de ayer y hoy.
De madera, piedras, guadua, acero, concreto y hormigón, para
lograr un puente resistente se han utilizado materiales diversos
que han cambiado a lo largo de la historia; y aunque su función
básica no ha cambiado —permitir la movilidad de peatones,
animales y mercancías—, sí lo ha hecho el alcance de tal
invención. Si antaño se contentaban con atravesar un río, ahora
unen ciudades, países (como el caso de Dinamarca y Suecia) y
hasta continentes, pues ya se proyecta unir Siberia con Alaska y
Europa con África mediante una autopista transglobal; y entonces
el sueño de ir en automóvil del Cabo Hornos a la Tierra del Fuego
ya no sería una utopía.
Un puente une dos pueblos, dos orillas o dos estados del espíritu,
como cuenta la historia del Puente de los Suspiros, en Venecia, el
cual era el paso obligado de los prisioneros que veían por última
vez el cielo y el mar. Con el correr del tiempo, los puentes se han
convertido en íconos culturales que relacionamos con ciudades,
películas, canciones y libros.