JavaScript Menu, DHTML Menu Powered By Milonic
 
English Version
 
 
 
 
 
 
 

 
Turismo
El Castillo de Marroquín:
una reliquia poblada de fantasmas
Por Iván Beltrán Castillo
Fotos de Anik Neme
 

 

Toda ciudad necesita sus fantasmas. Así, por Londres deambula eternamente, con sus pasos de lluvia roja, el terrible y laborioso Jack the Ripper; Nueva York y París se jactan de poseer edificaciones sombrías donde se siente el coro de los espectros acumulados por la muerte durante más de dos mil años; en España hacen carrera las historias de aparecidos susurrantes que murieron, en los patíbulos o en los calabozos, durante la guerra civil; en Buenos Aires son famosos los penitentes que recorren las calles cercanas al obsceno cementerio de La Chacarita; los países de Europa central tienen su estirpe de vampiros y los mexicanos reclaman orgullosos
el tormento sin fin de La Llorona.

Toda ciudad necesita sus fantasmas. Así, por Londres deambula eternamente, con sus pasos de lluvia roja, el terrible y laborioso Jack the Ripper; Nueva York y París se jactan de poseer edificaciones sombrías donde se siente el coro de los espectros acumulados por la muerte durante más de dos mil años; en España hacen carrera las historias de aparecidos susurrantes que murieron, en los patíbulos o en los calabozos, durante la guerra civil; en Buenos Aires son famosos los penitentes que recorren las calles cercanas al obsceno cementerio de La Chacarita; los países de Europa central tienen su estirpe de vampiros y los mexicanos reclaman orgullosos
el tormento sin fin de La Llorona.

Durante el día, sobre todo si se trata de una jornada radiante, el castillo parece un murciélago extraviado y aterrorizado por la luz. En cambio en las noches, la piedra oscura parece animarse, adquirir vida, llenarse de súbita gravidez, de perfidia lancinante, y es como si lanzara una muda blasfemia contra las luces de la ciudad remota. Ese sabor a cosa prohibida es una de las fascinaciones del castillo y lo convierte en lugar de procesión de los amantes, los afectos al misterio y los devotos de la religión del miedo. Curiosamente este edificio “démodé” jamás ha pasado de moda.

Las caras de la melancolía

Durante el despuntar del siglo 19, fueron muchos los latinoamericanos que viajaron a Europa, entraron en comunión con su cultura, hicieron vida galante en sus cafés y vida licenciosa en sus equívocos centros nocturnos, degustaron sus viandas, bailaron sus polcas, fumaron sus cigarros, bebieron sus vinos y amaron a sus mujeres, y, al regreso, presos de una nostalgia folletinesca, curiosamente exiliados en su propia tierra, se entregaron a levantar casas, casonas, iglesias, haciendas, palacetes, galerías y toda clase de engendros arquitectónicos que remedaran de manera ejemplar los portentos divisados en el viejo continente. Pero, tal vez el más alucinado de
todos haya sido don Lorenzo Marroquín Osorio, linajudo bogotano e hipersensible admirador de las monarquías francesas, a las que amaba hasta el punto de perdonarles su frivolidad y sus excesos, y de cuya historia conocía desde el principio hasta la guillotina. Los antecedentes familiares de don Lorenzo son la primera semilla de la leyenda tejida alrededor del castillo: su abuela, Trinidad Ricaurte, madre del presidente José Manuel Marroquín, vivió en la hacienda Hierbabuena, en las vecindades de la futura osamenta, e inexplicablemente abrumada por fieros demonios interiores, desapareció para siempre en 1828. Desde entonces el imaginario popular la ve en las noches levitando por la sabana. Después vinieron a sumársele otros fantasmas como El Jinete Sin Cabeza, La Zancona, el Duende Enamorado y el Perro de la Cadena en Llamas: esos son los fantásticos inquilinos del castillo.

“Aquella fue una generación bella, pero signada por lo terrible dice ahora Mónica Bernat, inquieta antropóloga, estudiosa de las apariciones y fantasmagorías sabaneras, y, por tanto, erudita en el tema del enigmático castillo”. Todos sus miembros dejaron una parte de sí en Europa y no pudieron conformarse más tarde con el hecho inevitable de ser apenas latinoamericanos y de que sus blasones fueron desteñidas caricaturas frente a los nutridosárboles genealógicos del viejo continente; tenían la imaginación inflamada, llena de príncipes y delfines, de condesas, duques, reyes, danzas cortesanas y vidas nobiliarias. Entonces, emplearon sus fortunas, nada despreciables, en sofocar la tristeza que les produjo la lejanía de todo aquello. Su encuentro con la ruina fue casi siempre inevitable, y el otoño de sus vidas más parecido al teatro de la decadencia que a la opereta de la fortuna.

Como un lunático o un sujeto ardido por las fiebres tropicales narra también Monica Bernat, don Lorenzo Marroquín se empeñó en remedar un castillo del medioevo. Para su inaudito propósito, “importó” de Francia al arquitecto Gastón Legarde, y se hizo a la complicidad de los colombianos Julián Lombana y Demetrio Chávez, quienes compartían sus anacrónicas saudades. Fue una temporada febril que puede figurar en cualquier libro. Preso de la ansiedad, Marroquín Osorio fungía alternativamente de filántropo brillante y de severo gamonal. Siempre andaba con los planos de su quimérico castillo bajo el brazo, y a veces parecía sencillamente haber entrado a la maquina del tiempo o participar, ya decrépito, en un juego de niños.

Y una mañana, ante los ojos incrédulos de los campesinos de la región, descamisados y analfabetas, apareció completa la efigie del castillo.

Construir esa insensata reliquia era el destino prefigurado para Lorenzo Marroquín Osorio. Una vez terminada la faena, el hombre pareció oscuro, distante, desocupado, como un bailarín clásico
cuando se acaba la música. Muy pronto pareció un fantasma, y aunque ejerció la escritura y otros varios oficios ya nunca pareció tan vital como en los inicios del proyecto. Murió en 1918 dejando huérfana a su criatura de piedra. Desde entonces comenzaron a urdirse las imaginerías y las leyendas.

El castillo de Marroquín, abandonado por su dueño, sirvió para los más diversos fines y estuvo bajo el mando de los más disímiles dueños: fue manicomio y centro cultural, sitio de reuniones políticas y criadero de caballos pura sangre, centro de reuniones espiritistas y discoteca tecno.

Pero una cosa ha sido siempre igual: su hermoso, inacabable y escalofriante misterio...
 
 
 
 
 
Teléfonos: (507) 214-4207 / 214-6720
Diciembre 2006, www.vivirbien.com