Resulta del reciclaje de una vieja casa de un piso muy alto y
patios, en un barrio tradicional de patios y calles, presidido por
una vieja y bella capilla mudéjar, que se ha salvado por sus lotes
estrechos, que dificultan la construcción de edificios, pero que
quedó cercenado del centro de Cali debido a las vías que fueron
trazadas durante los Juegos Panamericanos de 1971 con los que
se “modernizó” la ciudad.
La casa une ahora la vivienda tradicional y la moderna y retrocedida
entre las que está. Se conservó parte de la primera crujía, sin las
molduras de las fachadas de principios del siglo XX, y se dejó
viendo el dintel del nuevo garaje y entrada. Una gruesa columna
lo divide en dos vanos verticales, como los premodernos, y
anuncia las muchas y desmesuradas de adentro. Solo se restauró,
reacomodada, una ventana, pero se mantuvieron zaguanes,
corredores y patios. Además se crearon terrazas, cerradas por
inclinados techos, mitad cubiertas mitad muros, que permitieron
tres áticos pero provocaron la queja de los vecinos.
Se usaron pocos y comunes materiales y un sistema constructivo
elemental. Se reforzaron los viejos muros de adobes que, con los
nuevos, de bloques de cemento, soportan entrepisos y terrazas
de madera y concreto, y techumbres de par e hilera con las tejas
amarradas y asentadas en cemento.
Se corrigieron y acomodaron a una retícula muchos muros
existentes, repitiendo su blancura, mientras las partes nuevas
presentan sus materiales a la vista, como las baldosas rectangulares
de cemento, y son moduladas, precisas y repetitivas, lo que
constituye la única ornamentación. Lo viejo y lo nuevo se unen
directamente o en transparencias y reflejos, al paso del sol, la lluvia
o el viento, creando, con el agua que murmura brindando frescura
y placidez, sensaciones, evocaciones, encantos y asombros, como
reclamaba Barragán. Emociones y alegrías para vivir según elánimo, el clima y el paso de los días tan iguales pero imprevisibles
del trópico.
A partir del anteproyecto se tomaron decisiones a lo largo
de la construcción, repitiendo y mejorando soluciones y
sacando partido de las sorpresas que aparecieron. El habitar
cotidianamente en ella, en la primera parte, casi desde el
principio permitió afinar el diseño del resto, pero los planos
completos solo se hicieron cuando ya terminada la casa fue
posible su levantamiento.
El zaguán da al primer patio, o “entrada”, pequeño, alto y con
una pila; desde él se vislumbra el segundo patio por una reja y
se pasa a la casa misma y a la del “huésped ilustre” (el primero
fue Rogelio Salmona) o “adelante”. La torre que ilumina su
baño lleva a mirar el cielo. Esta casa dentro de la casa (en el
anteproyecto un estudio de fotografía) tiene un balcón a la calle
y una terraza íntima con un mirador para avizorar la ciudad y
la cordillera; embalconada sobre la entrada, se comunica con
la segunda terraza por otra reja.
El largo corredor que penetra la casa, de gruesas y contiguas
columnas sin capitel, pasa de largo por el segundo patio, o “del
guayacán amarillo” (nadie lo llama así), que tiene un pequeño
estanque. Allí cantan canarios, pericos y loras, tradicionales en
el barrio. Una pendiente escalera lleva por segunda vez al cielo
y a la segunda terraza que, embalconada sobre el patio, tiene
también un mirador además de una pérgola con hamacas y
una mesa servida por un montaplatos desde el patio de ropas;
a ella se abre el estudio.
El salón, muy alto para menguar el calor y dignificar las visitas,
se abre al cuarto patio, o “el estanque”, y se articula con el
comedor a continuación del cual está la cocina, el patio de
ropas y el cuarto de la empleada (que se volvió de San Alejo). El
estanque está rodeado además por el muro medianero, que se
hunde en el agua, y el corredor, que se amplía para una hamaca
y se acoda para pasar al quinto patio por un segundo zaguán.
Con solo el cielo arriba y habitado por nenúfares, papiros,
buchones, peces y pájaros de cerámica y de verdad (que van
a pescar) y reflejos, luces, sombras, penumbras, sonidos y
vientos inesperados, es el centro de la casa.
El “cuarto de Mara” (que nunca ha dormido ahí) se ilumina a
través del corredor, como antes, y los postigos de su muroventana
se abren separándolo del estanque sólo una rejacelosía.
El cuarto principal mira al quinto patio y lo mismo su
baño, que también se ilumina cenitalmente; su otra ventana,
que mira al muro, tiene postigos independientes para verlo de
maneras diversas y dosificar la brisa.
El quinto patio, o “la piscina”, era el viejo solar. Allí crecen
palmeras de las que se guindarán hamacas y hay una pequeña
terraza, la cuarta, con la perrera. Por una escalera enfrentada
a la que entra al agua se sube por tercera vez al cielo y a la
tercera terraza o “la huerta”. Embalconada sobre el estanque, es
la preferida de los gatos salvajes que sí saben para qué sirve el
tendal que aísla del sol el cuarto principal y completa la tercera
de las naves transversales de dos pisos y techos que, unidas
por el largo cuerpo de un piso y terrazas, conforman la casa.
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