JavaScript Menu, DHTML Menu Powered By Milonic
 
English Version
 
 
 
 
 
 

 
Arte
Luis Alejandro Sáiz
El arte de la imposibilida
Por Fiorella Mazzanti
 
 
 

Existe quien logra descifrar en un solo gesto vastedades increíbles; seres capaces de hacernos mirar hacia adentro con la facilidad con que nos asomamos a una ventana o a un amanecer, pero que para lograrlo han recorrido un arduo camino, el de regreso hacia sí mismos. Este caminar hacia adentro implica un enfrentarse a la dificultad de no ser, al trance de despojarse de sí mismos para encontrarse, para fallar y, en medio de esta negación, ser.

Para ver la obra de Alejandro Sáiz hay que ver la dificultad, hay que callar en el silencio; silencio que habita sus obras entre un trazo y otro, silencio que nos deja entrever su voz que murmura con una fuerza telúrica su historia que resulta siendo la nuestra; porque para él la pintura no es sólo un oficio, es también un rescate. “Soy disperso”, dice, “y lo único que me centra es la pintura y el juego, que son cosas muy serias, y uno se la juega porque está solo, completamente solo”.

La pintura lo encuentra a los seis años, cuando con acuarelas creaba mundos increíbles. Para él ver esas acuarelas enmarcadas, a esa edad, produjo un efecto definitivo: abrió la posibilidad de explicarse el mundo desde el papel, para soportarlo y recrearlo en un lenguaje que se pudiera entender y afrontar. Crece, aprende y copia: Van Gogh, Mondrian, Braque... y al copiar descubre que sus dibujos son suyos, que ya no hay relación con lo que se copia, la copia se vuelve algo propio; en 1987, como en la “Casa Tomada”, de Cortázar, Sáiz ha convertido la casa paterna en taller; sus lienzos invaden el espacio, se lo apropian.

La vida está construida a partir de una serie de causalidades que resultan en casualidades magníficas que nos hacen ser distintos; distinto a través de otros que encontramos en el camino o que nos encuentran. Entre 1987 y 1989 Sáiz participa en los talleres dictados por Rita Miranda, de donde surge, además una forma de ver la pintura que no tenía nada que ver con los ojos, que era más bien un oler, leer, oír música, una ruptura con la imagen del padre; ruptura que se traduce en liberación, en alas y raíces. Y que le permite encaminarse sin equipaje en un viaje hacia sí mismo.

Por esa misma época conoce al maestro Pablo Solano, mentor y guía; el maestro le propone un canje, uno de sus dibujos por una de las placas que en ese momento Sáiz trabajaba; más tarde comprende la dimensión de esto, dimensión que en ese instante se le escapa. Es gracias también al maestro Solano que por esa época descubre que hay materiales y colores de pertenencia; cuando el maestro ve sus acuarelas de infancia lo exhorta a ir en busca de sus propios colores, colores que no son de aquí —de Colombia—, como le dice . Ese ver reconocido por primera vez todo aquello que está relacionado con su niñez, su infancia en Ubaté (Colombia),
los juegos con arcilla, con tierra, con ocres, blancos y negros, la ausencia de color, abre una mirada nueva sobre su trabajo. Y la vida se confabula una vez más y Sáiz viaja a París en 1989, con 9.000 francos y su bicicleta; llega a la Capital Luz, y la recorre como Henry Miller; allí conoce la obra de Brassaï, Wols, Paul Klee, Bram Van Velde; se podría decir de Sáiz lo que dijo alguna vez Samuel Beckett de Bram Van Velde: “... fue el primero en admitir que ser un artista es fracasar, como ningún otro se atrevería a fracasar ... Yo se que todo lo que se precisa ahora para llevar esta horrible cuestión a una conclusión aceptable, es hacer de esta rendición, de esta admisión, de esta fidelidad al fracaso, una nueva ocasión, un nuevo término de relación, y del acto que permite actuar, obliga a actuar, él hace un acto expresivo, aunque sólo sea de si mismo,
de su imposibilidad, de su obligación”

A través de estos artistas se le revela la posibilidad de la pintura de lo imposible, el material que opone resistencia; empieza a leer sobre la imposibilidad de pintar a la vez que en el Georges Pompidou entra en contacto con la poesía náhuatl, lee a Juan Rulfo y a Carlos Castaneda y descubre otro modo de acercarse al mundo y, por tanto, al oficio. De esa época dice que “....todo era un mundo de escaseces muy potentes, un mundo donde las cosas apenas vivían. Aprendí a sobrevivir en París con diez francos al día”. Conoce, viaja, vive el sur de Francia, pero sobre todo trabaja, crea, expone.

En 1998 vuelve a Bogotá, aunque “...siempre me gustó ser extranjero, ser extraño; uno es libre en el momento en que no lo piensan”, dice. Y Bogotá representa una vez más el impedimento, lo difícil, el camino en ascenso: “En Bogotá hay una presión extraña que le impide a uno hacer cosas”, afirma. “Colombia es adusta, y yo ya me volví del sitio, aquí todo tiene que ver con circunstancias, eventos, relaciones... y la pintura no tiene nada que ver con eso. Como me dijo alguna vez Pablo Solano: tratar de pintar en Colombia es como tratar de pintar mientras por la ventana uno ve como alguien está allá ahogándose en un lago. Aquí no hay futuro para poder pintar, hay impedimentos, lo que suele ser de lo mejor para pintar, porque la pintura, las imágenes hacen más soportable la realidad aunque sean implacables”.

Como sus pinturas. Una mirada implacable y silenciosa pero a la vez absolutamente explícita, la tentación de lo difícil en medio de una manera alterna de ser.

Luis Alejandro Sáiz ha expuesto en repetidas ocasiones en Francia, en París en la Galerie La Teinturerie, en la Galerie Akie Arichi, en la Galerie Barrouyer, en la Galerrie Galarza, (Pau), en las Alcaldías de Mirandol y Monestiés; participó en la Bienal de Arte Contemporáneo de Mitry-Mory; ha expuesto también en el Lankershim Arts Center, en Los Ángeles, (U.S.A), en Colombia en el Mambo, (Museo de Arte Moderno de Bogotá), En la Galería Arte Consultores, en la galería La Pared, en la Galería Fábula, en la Galería Espacio Alterno.

 
 
 
 
 
 
Teléfonos: (507) 214-4207 / 214-6720
Junio 2007, www.vivirbien.com