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Turismo
Vivir la ciudad de arena
Por Fiorella Mazzanti
 

 

Es lo que nos parece más distante de nosotros lo que mejor nos refleja, porque nos muestra una cara nuestra que de otra forma no seríamos capaces de ver, la cara del otro, de ese otro en el que nos convertimos cada vez que empacamos las maletas y nos vamos a otra parte.

Por eso Egipto es un espejo que evocamos en el imaginario mil veces leído de las Pirámides, en el perfil sin mácula de Nefertiti, en José y en el Nilo, considerado el dador de vida y de muerte durante siglos. Su nombre evoca misterios, caravanas, dioses y papiros, nos lleva a reconocernos adolescentes en nuestros sueños de ser Lawrence de Arabia y vagar por las arenas infinitas de un desierto sin fronteras; trashumantes, efímeros y eternos a la vez, guiados por el viento y las estrellas en un horizonte que no termina.

De paisajes desérticos y montañas secas y áridas que tocan el mar con sus faldas, ciudades empolvadas y arenosas pletóricas de olores exóticos de especias, sonidos de música árabe y verdes franjas de tierras cultivadas que serpentean a lo largo del Nilo, es como una madre generosa que siempre tiene algo que dar al turista de cualquier procedencia: buceo espectacular en el mar Rojo, experiencias únicas en el desierto, ya sea a lomo de camello en el monte Sinaí, en un safari hacia los oasis en un jeep o el paseo por el colorido y el caos de El Cairo y sus mercados. Sea como sea, Egipto ofrece una mezcla de placer y descubrimientos que nos llevarán de la mano también a través de nosotros mismos, siguiendo un rastro milenario que ya griegos y romanos hacían en el 430 a.C. Visitar todo nos tomaría algo más de un año sabático, pero podemos hacer un recorrido enriquecedor que se centre en El Cairo, que oscile entre las maravillas del mundo antiguo y los gestos generosos de la parafernalia de su vida cotidiana.

Al-Qahirah, nombre antiguo de El Cairo, es la capital del país y se levanta sobre la orilla derecha del Nilo, un poco más al sur del puntoen el que el río se divide en dos ramales creando el delta. El intenso proceso de urbanización de los últimos decenios ha dilatado los límites de la ciudad, que hoy se extiende con sus suburbios casi hasta las faldas del monte Muqattam, en el desierto; es un polo de la industria siderúrgica, textil, química y automovilística; y cuenta con cuatro aeropuertos, dos de ellos internacionales. Su población es de aproximadamente diez y siete millones de habitantes, y es el mayor centro político y cultural del Islam, la más grande metrópoli del mundo árabe y de todo el continente africano.

Conserva numerosos testimonios del pasado; entre los más famosos están las Pirámides y la Esfinge que se levantan al oeste de la ciudad, en la zona de Gizeh; un poco más allá surge el área de Saqqara, que incluye la parte más interesante de la necrópolis de la antigua Menfis. Muy bello el centro histórico (al-Fustat), delimitado por ocho puertas antiguas y monumentales, como Bab al-Nasr, Bab al-Futuh y Bab Zuwaila de finales del siglo XI; existen diversos lugares de culto de épocas diferentes, que van desde la muy antigua Ibn Tulun, mezquita austera construida entre el 876 y el 879, hasta Aq Sunqur y Madrasa di Hasan, del 1200. Hay edificios bellísimos que dan fe del pasado floreciente de esta ciudad, como el de Beshtaq, del 1334. Entre tanta historia destaca la pintoresca zona comercial del Khan al-Khalili, laberinto de callecitas que parece haber estado destinado desde siempre al bazar. Ubicado en la parte oriental del centro histórico, esta ciudadela acoge un fuerte y varias mezquitas, que se remontan al año 1176; al otro lado de la ciudad se encuentra la Universidad de El Cairo, fundada en 1919; no deje de visitar también el Museo Egipcio, construido en 1900,donde se conservan piezas arqueológicas, entre las que destaca la colección del faraón Tutankamón. Están además el Museo de Arte Árabe e Islámica y el Museo Copto, situado en un edificio del antiguo barrio del centro histórico que aún es mayormente habitado por cristianos, rastro inconfundible de la historia de la comunidad copta en Egipto.

El Cairo no es una urbe unívoca; por el contrario, ofrece una miríada de caras de donde escoger; si busca El Cairo faraónico, visite el altiplano de Gizeh, donde encontrará las majestuosas pirámides de Keops (2650 a.C.), Kefrén y Micerino; podrá ver la barca solar, del faraón Kefrén, y la famosa Esfinge. No deje de visitar Sakkara, la necrópolis del Reino Antiguo, la pirámide de los escalones, la de Onas, y la ciudadela de Menfis. El Cairo islámico, en cambio, le ofrece callejuelas estrechas y mezquitas espectaculares junto a fachadas medievales; esta es una zona laberíntica donde es muy fácil perder el sentido del tiempo y la orientación. Digna de contemplar es la Mezquita de Alabastro, en la ciudadela de Salah el Din (Saladino), si le alcanza el tiempo visite la Mezquita de Amr Ibn El As, la de Ibn Tulun y el Museo de Arte Islámico. Por su parte, El Cairo Copto le ofrece la Iglesia Suspendida (Al Muallaka): del siglo IV d.C. y el Museo Copto, que conserva la más grande colección de arte copta del mundo; la Iglesia de San Jorge es una capilla
situada en la parte más antigua de la ciudad.

Si las fuerzas se lo permiten, visite alguno de los oasis, Al Fayoum, Bahareya, Kharga, Dakhla, Farafra o Siwa, pero tenga en cuenta que son excursiones largas a las que deberá destinar algo más de cuarenta y ocho horas de su precioso tiempo.

Al regreso a casa, cuando descargue las fotos y revise en la memoria los itinerarios recorridos, mírese al espejo y constante que junto con los souvenirs trajo también esa otra cara que reside en nosotros y sólo emerge cuando nos enfrentamos a lo que es diverso, a lo otro.

 
 
 
 
 
 
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Junio 2007, www.vivirbien.com