En este mundo itinerante y caleidoscópico, donde se es cada vez más móvil, menos sedentario; donde el trabajo se ha ido convirtiendo en la voz cantante que dicta el cómo y el cuándo de dónde se vive, el poseer menos se convierte en un plus que nos aligera el viaje y nos permite emigrar sin el peso de la casa a cuestas.
Es esta tendencia moderna del Low Design la que exige a cada objeto que justifique su presencia y plantea la necesidad de encontrar la esencia del lugar sin desconocer el carácter de los ambientes, mientras resuelve el espacio en razón de la función y la lógica del mismo. Trabajando sobre áreas y proporciones respecto a un todo, donde los detalles surgían de un proceso de reducción, ya en 1930 Mies Van Der Rohe convulsionó al mundo con su “menos es más”.
Hoy el diseño retoma el concepto de las líneas que se depuran y se afinan con los colores y materiales naturales: madera, vidrio y acero, dándole a veces espacio a un toque de color como elemento decorativo per se; como una nota que destaca en una sinfonía, pero sin romper la armonía.
Sin embargo, el Low Design resulta ser más que vivir en una casa vacía; es el resultado de plantearse la razón de ser de cada elemento, del orden en que distribuimos las cosas y del uso del espacio. Es de algún modo un abrir la mente, ayudados por la arquitectura en cuanto que a medida que ampliamos el espacio, éste nos “abre” a otras apreciaciones y conceptos estéticos que posiblemente antes nos parecían fuera de lugar. La luz juega el rol de crear espacios cálidos y limpios, sirve como elemento que resalta un objeto aquí y allá, como si fuera una pieza única —que a veces lo es— creado por el sólo placer de la belleza que despierta en el observador, puesto “allí” por el impacto que tiene en el conjunto y la forma en que se conjuga para combinar con el ambiente donde es acertadamente puesto.
Dentro de este marco austero y sobrio, el vacío, la desnudez de las paredes, la luz natural, los materiales puros, la simplicidad, la esencia, el rigor, la severidad de lo absoluto, el color y los materiales se convierten en elementos unificadores que nos permiten despojarnos de todo lo innecesario y ordenar el espacio; todo ello contenido en muebles de líneas rectas y puras que no “molesten” la placidez ni la estética del lugar, pero en cuyo interior reposan las miríadas de pequeñas rémoras que nos llevamos como recuerdo o pieles de otras vidas que son parte del pasado y que no podemos de algún modo soltar.
Belleza y funcionalidad son adjetivos que califican acertadamente tanto al espacio como a los objetos que lo habitan; cada pieza es en sí misma la esencia de un concepto, que ha tomado forma física a partir de una necesidad vital de quién hará uso del mismo.
Líneas rectas, no tan rectas a veces pero absolutamente puras, limpias, espacios que invitan la mirada a perderse en un horizonte más allá, aire, altura, pocos elementos combinados resultan ser un lujo en este mundo cada vez más ruidoso visualmente, abarrotado de símbolos y signos que no dan reposo. De ahí la necesidad de convertir los espacios en oasis, en remansos tranquilos, casi en refugios, que nos regalen un instante de silencio en medio del bullicio generoso e incesante de estas ciudades contemporáneas de veinticuatro horas, donde la exquisita desnudez del espacio y el silencio que la puebla son bienes preciados para quienes saben de vivir bien. |