La muerte lo sorprendió el 22 de septiembre de 1949, a sus 75 años, pero continuaba trabajando en el oficio al que había dedicado su vida entera. En su estudio, restauraba tres obras religiosas y trabajaba en los lienzos que faltaban para concluir el mural del Aula Máxima de la Escuela Normal de Santiago. “Construyó con la técnica, pero también con su vocación irresistible”, diría el profesor Pereira.
Dibujante, pintor, muralista, Roberto Lewis dejó esculturas como el busto del poeta Tomás Martín Feuillet, en La Chorrera; el Gallo de la parte superior del obelisco de la Plaza de Francia y el retrato en relieve de don Ricardo Arango, en el Cuartel Central de los Bomberos. Escogió su camino, dejando de lado la comodidad de lo seguro. “Roberto no flaqueó, supo defender hasta el fin los fueros de su personalidad”, escribiría don Narciso Garay. Solo, en un estudio, al otro lado del Atlántico, tuvo fe en su país y se quedó a sembrar su obra y las bases para la formación de futuros artistas, artista excelso en un país —en ese entonces— sin arte.
¿Pero cómo comenzó esta historia? La vida de Roberto Lewis se trenzó, desde cuando nació en Panamá el 30 de septiembre de 1874, con los azares de la historia que lo ubican en el momento preciso en el que una pequeña nación centroamericana se mira al espejo en búsqueda de su identidad. Basta con entrar al Teatro Nacional —pequeña joya de arquitectura neoclásica— para comprobarlo. El plafond nos cobija con el “Nacimiento de la Republica”. Al verlo, es difícil imaginar a un joven panameño de apenas 31 años, del otro lado del océano en la soledad de su estudio, trabajando día y noche para concebir y completar las quince telas que representarían el ideal de la nueva Republica.
Viajó por primera vez, a finales del siglo XIX, a la Francia de la Belle Epoque, que no podía sino cautivarlo a sus 14 años. Regresó a Panamá y fue durante esos años cuando comenzó a ensayar con la pintura de forma autodidacta. Luego viajó a Costa Rica en búsqueda de la guía del maestro andaluz Tomás Povedano, quien es estaba muy ocupado; así que Lewis decidió regresar a Paris. Fue el principio de una vida dedicada al arte. Amante de la Naturaleza, sus paisajes también tendrán una posición importante a lo largo de su obra. Ávido pescador y amante de la isla de Taboga, atrapó sus parajes en innumerables lienzos. Pero son sus tamarindos los que lo inmortalizarán, cuando los dota de humanidad y, como personajes con vida propia, se yerguen a la orilla, otean mas allá de los confines de la isla, como buscando vencer aquello que los mantiene anclados.
Pocos años antes de su muerte, mientras trabajaba en la obra de la Normal de Santiago, fue publicada una reseña de la visita que hiciera a su taller el ex presidente de la Republica, Ricardo Adolfo de la Guardia, en el semanario “Mundo Grafico”. “El presidente pudo darse cuenta de los inmensos frisos que don Roberto ejecuta para la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena. Este trabajo, unido a los ya realizados por nuestro primer artista, inmortalizarán su nombre cuando los años lo alejen de esta vida planetaria”. La nota está ilustrada con una foto de don Roberto ofreciendo una copa de champaña al distinguido visitante. Hoy, Roberto, Panamá brinda por ti.
“Roberto no flaqueó, supo defender hasta el fin los fueros de su personalidad”, escribiría don Narciso Garay. Solo, en un estudio, al otro lado del Atlántico, tuvo fe en su país y se quedó a sembrar su obra y las bases para la formación de futuros artistas, artista excelso en un país —en ese entonces— sin arte. |