Todo empezó en los años 50, luego vino el boom de los 60, ¿se acuerda? Los italianos compraban el FIAT 600, los alemanes el Volkswagen y los ingleses el Mini Morris Cooper. En la industria de la aeronáutica aparecían los vuelos chárter. Y este último evento disparó el fin del tiempo idílico de la paz y el silencio que hasta ese momento sólo unos pocos privilegiados habían podido gozar entre ciudades antiguas y pueblitos de pescadores. De repente surgieron en el mapa mental del turista, como cuatro mujeres únicas, las Islas Baleares en el Mediterráneo: Ibiza, desenfrenada; Formentera, ecológica; Mallorca, confortable, y Menorca, tranquila: cuatro universos diferentes, cuatro ópticas distantes una de otra, pero siempre inmersas en un mar espléndido y una Naturaleza enloquecedora.
Fue navegando a través de las páginas del “Diario de Ibiza en invierno”, de Valentino Cortázar, como descubrí el encanto de los ibicencos y lo apacible y furiosamente salvaje de sus paisajes; la isla es bellísima y es la tercera más grande de las Baleares y la más cercana al continente; junto a Formentera, hace parte del grupo de islas que los romanos eran dados en llamar Pitiuse, debido a los frondosos bosques de pino que las cubrían; paso obligado también de cartaginenses, árabes y finalmente, en 1235, españoles, Ibiza sigue atrayendo hordas humanas, más aún desde que la “descubrieran” los hippies en los años 60 y pasara a ser un paraíso nudista y hedonista por excelencia, el Edén de la transgresión. Así que entre el silencio de los intelectuales de los 60 y los rugidos de los leones de discoteca, procure visitar por ejemplo Sa Caleta, donde aún quedan algunas ruinas púnicas y una larga franja de arena gris que delimita un mar azul intenso; más allá del pueblo de Sant Josep
de Sa Talaia, caracterizado por su iglesia blanca fortificada, se alcanza la punta más occidental de Ibiza: Cala d’Hort, y cerca de ella se aprecian las islas de Es Vedra y Es Vedranell, que según dicen fue la patria de Aníbal y donde parece ser que las brújulas pierden el Norte.
La ciudad fue fundada en 654 a.C., pero Felipe II le dio su esplendor al ordenar construir, entre 1555 y 1585, los muros que encierran la Dalt Villa, ciudadela fortificada declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Es de admirar el Portal de Las Taules, la Catedral, el Museo Arqueológico y el Convento de Santo Domingo, cuyas cúpulas de cerámica destellan sobre el blanco de los muros. A Ibiza se la escoge, definitivamente, por su mar, por ser una ciudad loca y sin prejuicios, y por la demencia de su vida nocturna. Allí se da inicio a la noche con una cena en algún restaurante del puerto y luego se sigue la fiesta en bares como el Zoo, el Mar y Sol o
el Montesol. “Pasear” los bares es obligatorio en cuanto las discos no abren antes de las 2 a.m.: Amnesia, Privilege y Divino son algunos de los locales “in”.
En Mallorca, la más grande, se vive en familia; cuenta con destinos como Puerto de Andratx y Cala Ratjada, o la localidad más exclusiva de Puerto Portals. Ofrece playas como Sa Coma, a setenta kilómetros de Palma, la Colonia de Sant Jordi y la zona de Cala d’Or. En Palma de Mallorca el paseo que va paralelo al mar se extiende por casi veinte kilómetros hasta más allá de Playa de Palma, donde las pizzerías Italia y Posillipo atraen con sus luces de colores de neón, pub ingleses y cervecerías Munchen ofrecen al turista el espejismo de tener una parte de su tierra sobre el suelo mallorquín, invadido por el caos de motos y vehículos, de gente y bullicio que acalla hasta el arrullo del mar.
Menorca, discreta y moderada, se nos ofrece acogedora y apta para el reposo; cuenta con numerosas ensenadas a lo largo de la costa, frecuentadas por nudistas: Macarella, Macarelleta, Cala Turqueta, Cala Pregonda, Punta Prima y San Bou; esta isla es prácticamente el último bastión de serenidad y está cayendo frente al asedio de los ingleses, en su mayoría pensionados que huyen de la bruma y el frío británico, que se la han ido tomando de verano en verano, de invierno en invierno, pacíficamente; han levantado villas blancas, rodeadas de campos de golf increíblemente verdes, como sólo pueden serlo los prados ingleses.
Formentera, la más pequeña, es además la más agreste y la menos frecuentada, lo que ha preservado su autenticidad y su sabor de tierra antigua. Con sus playas desiertas de turistas, como la de Illetas, que se dejan alcanzar en bicicleta o motocicleta, sus casas de campo aisladas donde la burguesía barcelonesa ama refugiarse del bullicio citadino, la escollera y el mar azul están viendo crecer condominios pequeños y medianos que prometen un futuro menos tranquilo para la isla, que pretende ser aún casi virgen al turismo y sus derroches. Si desea algo de vida nocturna vaya a Es Pujols.
Las Islas Baleares son un destino que merece ser visitado, a pesar de la enésima invasión que la aborda, la de la horda de turistas, que sin embargo con su asedio no ha logrado disminuir el magnetismo que ejercen en el imaginario colectivo estas cuatro perlas únicas, engastadas en un mar de turquesa y zafiros. |