Nuestra reciente visita al Salón Inmobiliario de Madrid, SIMA 2007, deja entrever que el negocio inmobiliario sigue teniendo un gran futuro mundial. Algunos invierten aquí, otros allá y lo cierto es que muchos se han hecho millonarios con los bienes raíces, gracias a enormes valorizaciones que han sido el resultado de una suma de factores. En varios países se habla de los booms inmobiliarios y en otros tantos de que la burbuja reventará pronto. Llevamos ya dos años escuchando esto en Panamá y, sin embargo, la versión de SIMA 2007 evidencia que aún hay mucha tela por cortar. Las inversiones en bienes raíces siguen siendo por estos días un negocio interesante y en algunos países de una rentabilidad casi inimaginable.
Con la fuerte y cada vez más agresiva presencia de Panamá en eventos internacionales, no puede pasar inadvertido que el boom que vive este país es interesante. Haciendo un recuento de qué buscan inversionistas y retirados en un país determinado, podríamos resumir: estabilidad política, seguridad jurídica, salud pública garantizada, infraestructura coherente que brinde calidad de vida, efectivos medios de comunicación y transporte públicos. Los demás factores añaden o restan valor en menor grado. Que nuestro metro cuadrado haya subido, en los últimos dos años, de 800 a 1.200 e incluso 3.000 o 4.000 dólares, es algo que muy pocos soñaban llegar a cobrar.
En todo negocio que se vislumbra con futuro, se hacen proyecciones a corto, mediano y largo plazo. Si esto es lo que pretenden muchos de los desarrollistas y promotores de proyectos de Panamá, es imperativo que consideren las bases sobre las que están construyendo el futuro de sus empresas y, por qué no decirlo, el futuro mismo del país. Panamá tiene un potencial enorme de desarrollo, que está sujeto a la visión y orientación que le den sus políticos y empresarios, quienes deciden el rumbo que toma una nación.
Seguir construyendo como se está haciendo actualmente, tanto en la ciudad como en ciertos poblados —sin prever o sin darle la debida importancia al colapso que sufrirán los acueductos, alcantarillados, aguas servidas, suministro de energía, avenidas, espacios públicos de esparcimiento, transporte público y privado—, es sinónimo de matar la gallina de los huevos de oro o, dicho de otra forma, es como construir sobre un castillo de naipes. Si no se toman medidas drásticas a corto plazo, todo el esfuerzo y el gran negocio que ha florecido, así como la salud, el bienestar y la calidad de vida de los panameños y residentes, se irá a pique en una forma que pocos parecen querer aceptar o vislumbrar. Y lo peor de todo es que este problema exige medidas concretas, efectivas e inmediatas.
Negar que ciudades como Panamá, Colón, David y Boquete, por mencionar sólo las mayores, necesitan un reordenamiento urbano, una infraestructura que esté a la altura de su acelerado crecimiento, que garanticen al actual y futuro ciudadano vivir con las comodidades necesarias para llevar un estilo de vida coherente con las edificaciones que se están ofreciendo, es hacer la del avestruz: meter la cabeza en la arena.
La gran mayoría, incluyendo al gobierno, consideran que el costo de invertir en infraestructura es alto o que no es su responsabilidad, pero lo que pocos comprenden es el alto costo que representará a mediano plazo la imprevisión de esta problemática. Grandes ciudades como Bogotá, por ejemplo, han tenido que reordenar su plan maestro sobre la marcha —por la falta de previsión— y el costo ha sido tan alto, que los ciudadanos hoy día se ven ahogados por los elevados impuestos que se les imputan. Eso sin mencionar los estragos que causa un reordenamiento apresurado e improvisado a la calidad de vida ciudadana.
Muchos ojos se empiezan a posar en Panamá y es indiscutible que además la ampliación del Canal traerá a este país un importante flujo de dinero y de negocios que, no debemos olvidar, serán en gran parte temporales. Pero al país hay que verlo y enrumbarlo como lo hacen los líderes inteligentes: con una visión futurista y sólidos fundamentos que propicien el crecimiento constante, generando así frutos a largo plazo. De lo contrario, sembraremos en terreno estéril y, al cabo de cinco o diez años, añoraremos esa bonanza que creíamos perdurable a lo largo del tiempo.
¿Por qué no pensar en grande? ¿Por qué no seguir el ejemplo de otras ciudades que han sabido aprovechar el auge creando la infraestructura necesaria, para así poder continuar creciendo en el transcurrir del tiempo, ofreciendo a sus habitantes, además de calidad de vida, un negocio del que se beneficien por igual a las generaciones actuales y futuras?
La España de la época de Franco era definitivamente otra. La de ahora —pujante, democrática y próspera— tuvo que sufrir muchas penas, dejar correr un río de lágrimas y pasar incontables vicisitudes para llegar adonde está. En menos de una generación ese país logró perfilarse en la Comunidad Europea como una de las naciones más prometedoras, con índices económicos que rebasaron las expectativas de todos sus vecinos, llegando a ofrecer a sus habitantes un país en el que la seguridad jurídica, la salud, el aseo y la educación son un derecho adquirido y que se manifiesta a lo largo y ancho entre sus fronteras. Sus excelentes autopistas, red de ferrocarriles, trenes bala, metro, comunicaciones, eficiencia energética, respeto a los espacios públicos, al ciudadano, al ciclista, a sus peatones, reflejan una nación de primer mundo. Si Franco soñaba en su dictadura con crear un país desarrollado, Adolfo Suárez —por encargo del rey Juan Carlos I— lo democratizó y con su gran visión lo enrumbó hacia lo que es hoy; un mérito que en su retiro nadie le debe restar. Líderes como ellos son los que necesitamos.
Nosotros no merecemos menos por estar al otro lado del mar. Por el contrario, tenemos un país con tantas, tantas y hasta más virtudes, que en conjunto podemos hacer de ésta una nación muy próspera, probablemente más próspera que la Suiza misma, pues el potencial existe. Es cuestión de organizarse, de exigir, de hablar poco y actuar más, de dirigir el barco Panamá con un norte claro y bien trazado.
Los invitamos así a todos a una reflexión, en la que en conjunto hagamos negocios con visión y cimientos sólidos para que después, en el transcurrir de los años, no digamos: “Hicimos muchos pisos, pero olvidamos cimentar bien el negocio”. Ahora es el cuarto de hora que hay que aprovechar y fundamentar bien para poder así seguir cosechando a través de los años. Se puede, nos lo debemos, se lo debemos a las generaciones futuras. |