Diversas tribus indígenas, herederas de tradiciones y costumbres que han pasado de generación en generación, habitan en el territorio panameño. De sus manos artesanas vemos surgir gestos de belleza ancestral que se plasman en la tela, el tejido, la madera, la tagua y la alfarería, entre otros, regocijando los sentidos de quien tiene el privilegio de admirarlas.
Tribus como los emberá, los wounaan, los kuna y los ngobe-bugle componen algo más del 8% de la población del país. Los emberá, con una población aproximada de 20.000 habitantes, ocupan parte del territorio del Darién y, junto con los wounaan, son conocidos como los chocó, pues emigraron de dicha región colombiana en el siglo XVIII. A partir de 1938, el gobierno panameño reconoció la comarca Emberá-Drúa como un territorio semiautónomo para ambas tribus; así como la Comarca de San Blas o Kuna Yala, en el caso de los kuna o dule, que emigraron de la región del Darién hacia las islas de San Blas durante el siglo XIX y hoy cuentan con unos 47.000 miembros. Los ngobe-bugle o guaymí son el grupo indígena más extenso, con una población aproximada de 164.000 habitantes, ubicados en las montañas de las provincias de Chiriquí, Veraguas y Bocas del Toro. También están los teribe, con 2.000 integrantes, y los bokotá, con 4.000. Ambas etnias habitan cerca de la frontera con Costa Rica.
Los kuna son ahora conocidos por sus hermosas molas, coloridas piezas de tela que hacen parte del vestuario de la mujer. Según cuenta la leyenda, la mujer aprendió a elaborarlas de la diosa Kabayaí, por esto el ser una hábil hacedora de molas le confiere estatus dentro de la tribu. La calidad de cada mola está determinada por factores como el número de capas, la finura de las puntadas, el cuidado y detalle de los diversos cortes, y por supuesto el grado de belleza y arte de cada una de ellas. Ellas usan las molas en su vida cotidiana, no siendo en absoluto un objeto meramente decorativo; en cambio, para el turista suele ser un simple souvenir. La mola es parte vital de su tradición y de su historia, de su devenir en medio del mundo en el que nace, crece, vive y muere. Antiguamente los indígenas pintaban o tatuaban sus cuerpos, pero con el pasar de los años dejaron de hacerlo y empezaron a recrear esos mismos diseños geométricos y de la Naturaleza en la tela de las molas. Hoy en día las mujeres kuna representan con gran maestría en sus creaciones historias y mitos, flora y fauna; aunque más recientemente han incluido elementos propios de la aculturación que ha venido sufriendo su gente. El tema del laberinto se repite con frecuencia en las molas geométricas, porque los kunas saben que el hombre, la Naturaleza y los animales se reencuentran constantemente a través de los pasajes eternos del laberinto de la vida.
Otro de los milagros de la selva es el llamado “marfil vegetal”: la tagua, palma espinosa que sólo crece en las selvas húmedas de Brasil, Colombia, Ecuador y Panamá, con cuyo fruto los indígenas emberá y wounann tallan figuras exquisitas de delicada belleza y animales que sólo carecen del aliento divino para moverse y actuar. Las características de la tagua hacen que una talla en este material dure inalterada por más de cincuenta años, sin sufrir menoscabo de su color, idéntico al del marfil. Los emberá wounann buscan las palmas de tagua en el corazón de la montaña en viajes de hasta tres días de duración. Las tallas de animales y dioses, realizadas con herramientas bastante rudimentarias, se remontan a épocas muy antiguas.
La imperiosa necesidad de favorecer el desarrollo sostenible en el mundo ha permitido que la tagua reemplace al plástico y al marfil de origen animal, dando nacimiento a proyectos de fincas de tagua en las selvas del Darién con fines de exportación. El Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales (STRI) ha realizado estudios buscando la manera de cultivar palma de tagua fuera de la selva.
Esta misma etnia trabaja la cestería, creando objetos utilitarios de fibra vegetal de inusitada belleza; cada pieza es única y es fruto de la labor de varias horas; cada cesta lleva un patrón propio, fruto de la imaginación de la mujer artesana, de los susurros de otras realidades que le hablan desde un mundo mágico y religioso, o desde lo que ve y vive en lo cotidiano.
Aparte de las poblaciones indígenas, la población campesina también ofrece objetos muy bellos, como el sombrero pinta’o, elemento típico de La Pintada, en la provincia de Coclé. Elaborado con fibras vegetales de bellota, chonta y junco, cada sombrero tiene características que lo definen; dependiendo de la cantidad de vueltas tejidas, el valor de un pinta’o oscila entre los diez y los ochenta dólares.
Otro rubro importante de la artesanía panameña está representado por la alfarería, especialmente en el corregimiento de La Arena. Basta con mirar las tinajas, cántaros y cazuelas, así como jarrones, vajillas, guacamayas, tucanes y recordatorios con múltiples diseños pintados y vidriados, para entender que la finura pasa de las manos a la arcilla.
Estas manifestaciones artesanales, milagros de estupor, nos recuerdan, en medio de este mundo agitado y cambiante, la necesidad de la permanencia de la memoria a través de nuestra historia. |