Cada vez que se nos concede el privilegio ―sí, privilegio― de asomarnos a la increíble belleza de la Toscana, el alma crece y el espíritu se ensancha volando más allá del horizonte.
La luz es lo primero que impacta en Toscana. Y junto con la luz, los paisajes y los colores de la tierra, la finura del aire, casi transparente al tacto. No importa si se viaja en invierno, en verano, en primavera o en otoño: Toscana sorprende; sorprende porque cada vez se nos muestra nueva, recordándonos que ella es mucho más que sólo Florencia, Pisa, Siena; es mucho más que la imagen bucólica de un campo ondulado, de las tierras de labranza bellamente cultivadas, de la abundancia de obras de arte, de sus conventos y abadías; Toscana no es sólo la meca de los aristócratas ingleses del siglo XIX y los almenes pudientes del siglo XX, nuevos ocupantes de villas y casitas con jardín.
Y cuando creemos conocerlo todo de ella, cuando nos ufanamos de nuestro saber ―complejo y amplio― sobre ella... descubrimos que Toscana ofrece, además, un lado más agreste y celoso; se nos abre su lado montañoso, casi alpino, desde cuyas alturas en invierno podemos gozar de la vista del mar Adriático mecido a ritmo de tormentas; se manifiesta la cultura popular de sus fiestas, su gastronomía, sus casas florecidas que aparecen sólo cuando se las busca con paciencia. Y entonces entendemos lo que va más allá de la postal romántica y del Ponte Vecchio: Toscana es secreta, es profunda, es práctica y bellamente discreta.
No es de sorprender que personajes ilustres como Percy Shelley y Lord Byron amaran pasear por los bosques de pino que costean el mar en estas tierras. Y ni qué decir de Goethe, quien dejó en sus diarios páginas que reviven épocas y momentos ya desaparecidos entre la luz y el encanto de esta tierra, o Albert Camus, Italo Calvino y muchos más. ¿Qué atractivo tiene Toscana que ya durante los años 20 se había convertido en punto de encuentro de intelectuales de la talla de Rainer Maria Rilke y Thomas Mann? ¿Qué es lo que encanta a literatos, poetas, cineastas, pintores, periodistas y miles de personas que han querido plasmar su belleza, su fuerza, su fragor?
Esta hija de la luz y del agua embruja como una Salomé inquieta y danzarina, muestra y vela, tienta, ofrece y quita, seduce con un rubor rosado en las fachadas de sus casas campesinas, en el brillo y la voluptuosidad que evocan sus madonnas y sus plazas, que invitan a perder la cabeza entre sus valles y sus costas, en sus montañas y sus pueblos, agarrados a paredes de piedra que ahora son base segura para un paisaje pintoresco y espectacular que se erige sobre ellas.
Toscana incierta, Toscana de luz en los corazones de los girasoles y las amapolas, Toscana secreta en los parques de la Maremma y en las aguas de Saturnia, Toscana de lujo en las playas rodeadas de pinos y cipreses, Toscana prístina en las islas, exquisita en el arte que guardan sus muros, en las anécdotas y en las fachadas; Toscana altiva y preciosa en sus mármoles, punzante en la lengua de sus habitantes, autárquicos y anticlericales por naturaleza.
Esta perla de Europa, joya primorosa engastada en la paleta de sus campos, es un estallido de luz que se nos da, como dije, como un privilegio, casi como si nos acercáramos a un misterio sagrado, con la prudencia de la contemplación pero a la vez con el brío y el vigor de la vida que en Toscana bulle, inquieta, como un misterio de agua y luz. |