Millones de gotas agua son atrapadas por esponjosas plantas aéreas que cuelgan de cada rama y se hospedan enroscadas en los troncos de los gigantes del bosque tropical, en un paraje de belleza indescriptible conocido como Los Quetzales, cercano a Cerro Punta, en las tierras altas del Parque Internacional La Amistad.
Desde muy tempranas horas del día, he dejado el calor de la cabaña para explorar y registrar este rincón del paraíso cuidado celosamente por Carlos Alfaro, que se ha convertido en punto obligatorio de visita para los observadores de aves, de fama mundial por ser uno de los pocos sitios para ver quetzales en libertad.
Al recorrer algunos pasos, la magia del bosque invade los sentidos, el agua fluye purísima en cada quebrada e invita al silencio. Me domina la sensación de estar en un templo, donde lo divino se manifiesta en un prístino equilibrio natural. Es increíble pensar que hace unas décadas en este sitio hayan sido arrasados colosos de más de dos siglos, por lo cual el bosque se transformó en páramo.
Setenta años después, la Naturaleza nos da aquí una lección: mostrándonos su poder regenerador, nos enseña que sólo si la dejamos en paz puede recuperarse y beneficiarnos con los vitales servicios ambientales que cumple, cómo la mitigación de los gases de efecto invernadero, la protección de las cuencas y la producción de agua.
La historia de Los Quetzales señala que no todo está perdido, pues con voluntad por reforestar y evitando la deforestación en los corredores altitudinales, las cosas podrían cambiar positivamente en relación con la crisis climática que enfrentamos.
La mayor lección que me deja esta visita es que los bosques son los mejores aliados para revertir el incremento, hasta ahora imparable, del calentamiento del planeta. Que si logramos repetir en todo el continente el ejemplo de recuperación que muestra el bosque de Los Quetzales, seguramente, nuestros jóvenes heredarían un mejor planeta.
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