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Cazadores de Sombras
 

Medio Ambiente

Cazadores de Sombras

 
por Alejandro Balaguer.
Fotos: Cortesía Alejandro Balaguer.
Fotos históricas: Cortesía Museo Maggiorino Borgatello
Cazadores de Sombras Cazadores de Sombras Cazadores de Sombras
 

Los últimos selk’nam fueron retratados por los curas salesianos antes de su desaparición.

Un museo salesiano en Punta Arenas guarda el testimonio gráfico de sus últimos días.

Oculto detrás de una roca sopesó la flecha conteniendo el aliento. Amarrada a una recta rama, la simétrica punta equilibraba el peso del arma. Pero ya no estaba solo, otros cazadores cubiertos de pieles de guanaco para resistir el frío, que venían tras él, formaron un semicírculo mortal que se fue cerrando y cerrando. Hasta que llovieron las flechas.

Causaron estragos y muchos guanacos sucumbieron. Las puntas de piedra estaban tan afiladas y simétricas que no parecía que hubieran sido hechas a mano. Convertidas en perfectas armas mortales, eran producto del conocimiento de largas generaciones de cazadores que se remontaban hasta el Paleolítico. Parecía ser una escena prehistórica, pero corría el año 1900 en el sur de Chile. Los cazadores selk’nam prepararon para la marcha los cuerpos aún calientes de los camélidos y emprendieron el retorno a la aldea. A la distancia, varias columnas de humo se elevaban sobre el oleaje destellante del Estrecho de Magallanes. Ellos no lo sabían, pero pronto se enfrentarían a su extinción. Es que lejos de significar mayor justicia social, el nuevo siglo traería a Tierra del Fuego un holocausto.

En 1840, el choque de culturas fue mortal para los llamados Hijos de la Tierra. Con el avance lento pero inexorable de la colonización, los terratenientes fueron despojando a las etnias de sus tierras. Las ovejas pasaron a ser como oro blanco para los europeos y ocuparon los territorios donde pastaban los guanacos; por tanto, los indígenas ya no tenían con qué alimentarse. Al no comprender el sentido de la propiedad privada, comenzaron a cazar ovejas. Por su parte, los colonizadores tomaron represalias dando inicio a una atroz cacería de indígenas. Los cazadores blancos, contratados por los poderosos terratenientes, las nuevas enfermedades y el alcohol, traído por los europeos, los arrasarían. En pocos años, se consumó el exterminio de los aónikenk o tehuelche (asentados entre el río Santa Cruz y el Estrecho de Magallanes), además de cuatro etnias de la Tierra del Fuego: los selk’nam u onas, los kawéskar o alacacalufe, los haush o manekenk y los yámana o yagán.

Conscientes de lo inevitable, armados de pesadas cámaras fotográficas, trípodes y accesorios, dos curas salesianos registraron los años finales de las últimas familias indígenas. Mario Alberto de Agostini y Martín Gusinde rescataron su vida diaria y sus tradiciones en cientos de placas consideradas un tesoro antropológico, testimonio invaluable al cuidado del Museo Maggiorino Borgatello, en Punta Arenas.

“Había traído lo indispensable para la revelación y con la oscuridad de la noche terminé las placas y a la mañana siguiente dejé que los curiosos vieran los negativos. Pronto me llamaron por el nombre Mink’, lo que da el sentido de El Cazador de Sombras, o de imágenes, como una paráfrasis del fotógrafo, y desde entonces no lo perdí más”.

Así lo consignó en sus memorias el padre Martín Gusinde, llamado el Cazador de Sombras, camino hacia la pujante ciudad chilena de Punta Arenas, que se tiñe de ocres durante el fulgurante atardecer austral. El sol calienta aunque ruge el viento. Desde una colina que domina la ciudad de Punta Arenas, la vida se anima después del largo invierno patagónico. Abajo, se extienden calles y avenidas limpias y bien trazadas, coloridas, delineadas por el Estrecho de Magallanes surcado por barcos de variada envergadura. En la plaza principal, el monumento en honor a Hernando de Magallanes congrega a turistas. Esta mole que evoca el descubrimiento del paso entre dos océanos, incluye la imagen fundida en bronce de un gigantesco indio selk’nam que muestra el pie más tocado del mundo. Es costumbre local que cada viajero que pretenda volver a esta remota ciudad deberá tocar el famoso pie para cumplir sus sueños. Ante su notable dedo gordo, lustroso por tanto manoseo, se postran gringos y europeos, asiáticos, latinos, chilenos, novios, niños y hasta soldados, en una surrealista manifestación de reconocimiento internacional.

Atrás quedan bellas alamedas a la sombra de filas de altos árboles que se han doblado uniformemente por los mandatos del tenaz viento. Dentro del Museo Maggiorino Borgatello, la colección de los curas-fotógrafos salesianos da vida a los artefactos y reliquias históricas que fueron rescatados del olvido. Los hermanos salesianos han sido un buen ejemplo para la gente del nuevo sur. Ellos saben que la memoria requiere estímulos sensibles para despertar el pasado, para que los recuerdos sirvan como guía en busca de un futuro mejor. Por ello, en las vitrinas y paredes del añejo museo, como acto mágico, pero gracias a la fotografía, vuelven a la vida los espíritus de los Hijos de la Tierra: cazadores al acecho, familias altivas, al calor de las chozas, cuerpos pintados, médicos brujos, juegos de fuerza, costumbres en sepia, miradas de siglos, y cientos de rostros.