¿Recuerda cuando era niño, a eso de los ocho, tal vez nueve años, y la bicicleta era el mismo viento hecho acero? Uno se lanzaba a toda carrera con unas ganas locas de volar... y esa sensación del viento en la cara, la camiseta pegada al cuerpo, el frío y el vértigo de la bajada en picada que casi desaparecía bajo las llantas negras... y nosotros con la esperanza de que esto nunca fuera a acabar. ¡Qué sensación maravillosa! Como si de repente nos fueran a salir alas y en ese Pegaso de acero nos pudiéramos ir volando.
Es tal vez ese recuerdo estupendo el que no deja de empujarnos hacia la búsqueda de la increíble sensación de velocidad, de libertad, de vértigo. Robert Louis Stevenson dijo alguna vez: “En lo que a mí respecta, no viajo para ir hacia alguna parte, sino por viajar. Viajo por viajar. La cosa estupenda es moverse, sentir más profundamente el escozor de nuestra vida, bajar de esta cama de plumas de la civilización y sentir bajo los pies el granito del globo hirsuto de picos cortantes”. Y tal vez es esa misma libertad la que pretendemos encontrar sentados a horcajadas sobre una moto. Porque viajar ligero de equipaje, solamente con las ganas y una moto, es casi un símil del paraíso. Thomas E. Lawrence (más conocido como Lawrence de Arabia) decía que “una bella moto con algo de carácter es mejor que cualquier caballo en el mundo”, y Robert M. Piersig comenta que esto obedece a que cuando se viaja en moto deja de existir por un instante el marco, se entra en pleno contacto con cada cosa. No se es más un espectador, se es parte de la escena y la sensación de presencia absoluta es arrolladora.
Tras la consolidación de la bicicleta como vehículo viable y popular, el estadounidense Sylvester Howard Roper compró una para su uso particular en 1867; pero al parecerle demasiado lenta, no dudó en atornillarle el motor de dos cilindros a vapor (accionado por carbón) que él mismo había inventado en sus ratos de ocio. Se considera que así nació la primera “motocicleta”, aunque era demasiado aparatosa y Sylvester no pasó de ser el hazmerreír de la vecindad, debido a los constantes choques que protagonizaba.
Casi veinte años más tarde, en Alemania, Wilhelm Maybach y Gottlieb Daimler construyeron una moto propiamente dicha, a la cual llamaron Reitwagen, y la dotaron de un motor de combustión interna que le permitía rodar a la pasmosa velocidad de 18 kilómetros por hora. Aunque Daimler (quien luego sería socio de la famosa compañía Daimler-Benz) usó el motor inventado por el ingeniero Nikolaus Otto (llamado Motor de Ciclo Otto), se alzó con la gloria y lo convirtió en parte de una motocicleta muy funcional, considerada (esta vez sí) la primera de la historia.
Partiendo de tal precedente, en 1894 Hildebrand y Wolfmüller presentaron en Munich la primera motocicleta fabricada en serie y con fines comerciales, la cual tuvo una corta vida, pues fue producida apenas durante tres años debido a las escasas ventas y los llevó vertiginosamente a la quiebra.
En 1902, el francés Georges Gauthier inventó el ‘scooter’, que tuvo una gran popularidad entre los jóvenes durante todo el siglo XX, al ser un vehículo urbano no muy veloz que destacó por la comodidad, economía y facilidad de conducción.
Después de volver de la segunda guerra mundial, los soldados estadounidenses no eran muy afectos a las motocicletas Harley-Davidson e Indian, pues las motos que habían montado en Europa eran más ligeras y divertidas de conducir. Para suplir esa carencia nació la Motocicleta Custom. Sin embargo, las Harley-Davidson recuperaron el terreno perdido y aceleraron hasta llegar al primer lugar que hoy ocupan, siendo epíteto de libertad absoluta, velocidad desenfrenada, potencia y cierto barniz rebelde, creando un estilo clásico que evoca aventura y carretera. Su encanto atrae, desde 1903, a seguidores que se convierten siempre en motociclistas fieles y entusiastas, al punto de ser una de las marcas de motocicletas más reconocidas. Una leyenda, pues para muchos es un estilo de vida, una forma de mostrar el amor por la velocidad y los códigos de honor; la complicidad que se establece entre sus seguidores es mundialmente conocida.
Siempre que pensamos en un símbolo de libertad, de velocidad, de poder, es inevitable pensar en la motocicleta, pues hace parte del imaginario del siglo pasado y de éste, en cuanto nos lleva a remontarnos sobre lo cotidiano y lo simple, sobre la rutina y el tráfico, para darnos la sensación de que con sólo girar la llave en el encendido alzamos el vuelo y llegamos hasta donde nos alcancen las ganas, hasta donde el corazón nos lleve en sus alas de fantasía, como hacían Jack Nicholson y Peter Fonda en la mítica película Easy Rider (Busco mi destino), de 1967.
Quizás esta sensación está compendiada en esta palabras de Melissa H. Pierson, en su libro El vehículo perfecto (la motocicleta): “De mi madre aprendí a escribir corteses tarjetas de agradecimiento para las ocasiones más variadas; en la escuela de danza de la señora King aprendí cómo hacer una reverencia y, lo crean o no, qué hacer con nueve diferentes tipos de cubiertos. Pero de las motocicletas aprendí todo el resto”. |