Si alguien me preguntara por qué escoger Okinawa como destino, le respondería que Japón es mucho más que sus templos y sus geishas, más que el budismo o el taoísmo, que el ikebana o la ceremonia del té. Okinawa retoña como una flor de cerezo, espléndida, delicada y fuerte a la vez, para regalarnos su belleza y sus perfumes, únicos en Japón, notables como ella misma.
Al llegar se aterriza en la ciudad de Naha, de 300.000 habitantes, capital de Okinawa (un millón aproximado de pobladores), la mayor de las islas que componen el archipiélago de Ryukyu, de naturaleza volcánica. Es un activo puerto comercial y un destino turístico reconocido, y todo esto nos pone frente al hecho de que esta isla es definitivamente diferente al resto de Japón. En Okinawa se respira un aire casi tropical, pues en la isla la temperatura no baja de los 16°C durante todo el año. Así que no es extraño disfrutar el clima festivo y observar que la gente nos da una bienvenida calurosa con una sonrisa abierta y amplia, pues a los okinawenses les basta cualquier pretexto para reír, cantar y bailar. Además de la jovialidad, los caracteriza su espléndido bronceado, a diferencia de la mayor parte de los nipones poco amantes del sol y sus caricias; por eso adoran exhibir su precioso color dorado.
Por otra parte, su sofisticada cocina promete gratas sorpresas al sibarita. La cocina local se define con la palabra japonesa “Tiandaa”, que en el lenguaje de Okinawa se podría traducir como “hacer algo con amoroso cuidado” y cuya producción es muy elaborada e intricada. De hecho, la culinaria Ryukyu ha sido madurada y refinada a lo largo de los siglos mediante la sabia combinación de pensamientos, imaginación y ancestral sabiduría; en suma, la gastronomía local es el resultado del amoroso y diligente esfuerzo. La especialidad, además del pescado, es la carne de cerdo: una verdadera exquisitez, especialmente acompañada de verduras y de soba o udon, fideos diferentes de la versión clásica de Tokyo, más sabrosos y con más cuerpo.
Una alegría efervescente se percibe en la vitalidad de su gente, en su música típica, tan distinta a la del resto del archipiélago, donde los tambores juegan un papel preponderante y los ritmos son alegres y festivos siempre; la danza es muy variada y hace parte primordial de sus festivales. Su cerámica, conocida como ara-yachi, caracterizada por ser horneada sólo una vez y no usar glaseado, es una técnica exclusiva de la isla llamada “técnica de fuego”, que produce piezas inesperadas y únicas; sus tejidos, su vidrio soplado, teñido de colores tan vívidos como el espíritu de sus moradores... son solo algunas de las maravillas que el turista puede atreverse a descubrir.
Para los amantes de las artes marciales, es interesante saber que el karate nació en Okinawa. Para protegerse de los piratas y defenderse, los okinawenses desarrollaron el bujutsu (técnica de las artes marciales). Primeramente, se desarrolló una única forma de karate (en tiempos antiguos llamado Ti) y a partir de ahí el kobudo fue sistematizado. La relación que Okinawa mantenía con China y otros países del sur de Asia ayudaron en el desarrollo y perfeccionamiento de esas antiguas artes de defensa locales, que luego se extendieron a todo el archipiélago japonés.
Okinawa y las islas vecinas ofrecen un destino poco conocido que vale la pena explorar. Por ejemplo, esta perla del sol naciente esconde bellezas como el Castillo de Shuri, cuya fecha de construcción se calcula hacia mediados del siglo XIV.
Cuando miramos esta otra cultura, tan diferente de la nuestra, es necesario dejarse guiar por la brújula de la inocencia que nos sonríe de manera transparente desde sus playas y sus gentes, invitándonos a explorar sus milenarios secretos. |