Hoy, en pleno siglo XXI, los viajeros nostálgicos pueden revivir el glamour y la exquisitez de comienzos del siglo XX, tan sólo emprendiendo un recorrido a través de los paisajes europeos a bordo de una leyenda: el Expreso de Oriente.
Sí: el mismo tren inmortalizado por la escritora Agatha Christie en su novela Asesinato en el Expreso de Oriente, donde el legendario inspector Hércules Poirot investiga un crimen cometido en plena travesía. El mismo que fue abordado por pasajeros rodeados de candilejas como Elizabeth Taylor, Richard Burton o Liza Minelli, o incluso por los soldados alemanes del Tercer Reich, que ocuparon sus vagones durante los duros días de la Segunda Guerra Mundial.
El espíritu de estos y otros personajes parece vagar a lo largo de los pasillos y vagones del Expreso de Oriente, decorados al más puro estilo art déco, tan propio de los años 20. El tren, que en la actualidad conduce a los viajeros en la travesía más tradicional de la marca (la ruta Londres-Viena-París), parece detenido en el tiempo por la evocación que hace de otras épocas con sus paredes cubiertas por ricos tapices, su fina silletería de cuero, sus vajillas propias de la Belle Époque, los finos linos con los que ha sido elaborada la lencería de los coches-cama y la cristalería francesa en la que los meseros, todos italianos, sirven exquisitas champañas y vinos de una amplia variedad de cepas.
Estas características hacen del Expreso de Oriente uno de los destinos más románticos del momento. Y cabe aclarar que esta sensación no la brindan solamente la decoración y los accesorios del tren, obra del diseñador Gérard Gallet, sino la absoluta certeza que tienen los viajeros de que están haciendo su recorrido por el continente europeo a bordo del Expreso original. Porque el vehículo que surca los territorios de Inglaterra, Italia y Francia es el mismo que inició sus travesías en 1920, inspirado en la propuesta del belga Georges Nagelmackers, quien inauguró en 1883 el primer tren de lujo, dotado con coches-cama y vagones destinados a restaurantes tipo gourmet.
Como mencionábamos antes, en cada pequeño detalle del Expreso de Oriente se evoca la opulencia, el glamour y la extravagancia propias de este veterano seductor. Se hacen presentes en el discreto servicio de los ayudas de cámara, siempre al alcance de los viajeros para dar gusto al más leve de sus deseos. Sin ir muy lejos, cada tarde ellos tienen buen cuidado de servirles el té en sus vagones particulares, y de paso hacer la reservación de la mesa que desean ocupar durante la cena en cualquiera de los tres coches-restaurante que hacen parte del tren: el Lalique, el Étoile du Nord o el Chinoise. En la mañana también se encargan de llevarles el desayuno a la cama.
La evocación incluye además detalles mínimos como la ausencia de duchas en los baños de los alojamientos, ya que éstas no hacían parte del estilo de vida de los primeros años del siglo XX. En su lugar existen lavamanos dotados con agua fría y caliente, que refrescan a los pasajeros mientras éstos arriban a las ciudades de destino, donde la compañía que opera el tren les dispone su hospedaje en hoteles de primera línea, pertenecientes a la misma cadena.
Un buen ejemplo lo constituye el Hotel Cipriani de Venecia, que ofrece una impactante vista sobre la laguna de la Plaza de San Marcos desde cualquiera de sus habitaciones. Además de la exquisitez de sus habitaciones y su estilo elegante, este lugar ofrece un encanto adicional: sus jardines fueron el escenario de un buen número de encuentros románticos protagonizados por el legendario Casanova. Ya en París, el alojamiento tiene lugar en el Hotel Le Meurice, al que los viajeros arriban tal como lo hicieron en su momento algunos de los huéspedes más célebres del lugar, incluidos la Reina Victoria y el pintor Salvador Dalí. Dormir en cualquiera de los dormitorios de este lugar con más de 300 años de historia, decorados al estilo Luis XVI, es una experiencia inolvidable.
Además del alojamiento, el paso del Expreso de Oriente por Viena y París incluye paseos románticos por los atractivos turísticos más célebres de las dos ciudades. En el caso de Venecia, no falta el recorrido por sus famosos canales a bordo de una góndola. Ya en París, es posible visitar la región de Reims –cuna de la champaña–, navegar en un yate de lujo a lo largo del río Sena y cenar en algunos de los restaurantes más exclusivos del área, todos ellos incluidos en la guía Michelin.
Un viaje por esa Europa glamourosa del pasado hace que bien valga la pena llevar consigo un souvenir que permita recordar por siempre la experiencia. Y este es un detalle que tampoco ha escapado al Expreso de Oriente, que cuenta con una tienda de regalos en la que es posible encontrar desde réplicas en miniatura del tren, pasando por vajillas similares a las usadas en los coches-restaurante, hasta copas y vasos tallados en cristal, diseñados por Gérard Gallet. Las tarifas oscilan entre US$51 y US$1.100. Es el precio que hay que pagar por guardar un recuerdo de lo que significa viajar con estilo.
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