Durante años la humanidad se ha preguntado cómo serán las ciudades del futuro. ¿Abundarán los automóviles que vuelan por el aire y los seres humanos habitarán en torres que casi tocan el cielo, huyendo de la polución? Quizá sea difícil responder al interrogante de cómo serán estas grandes urbes, pero sí es posible decir cómo deberían ser: como la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, en España.
Producto del trabajo conjunto entre el arquitecto e ingeniero valenciano Santiago Calatrava, y el ya desaparecido arquitecto madrileño Félix Candela, este complejo lúdico, cultural, artístico y de investigación es uno de los grandes íconos de la arquitectura contemporánea.
La Ciudad está integrada por cuatro grandes edificios: el Palau de las Arts Reina Sofía, L’Hemisfèric, el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe y el Oceanográfico, unidos a un espectacular paseo y mirador ajardinado conocido como el L’Umbracle, que alberga en su parte inferior un gran complejo de parqueaderos.
Cada área cumple a cabalidad con el principio de ser estéticamente perfecta, hasta el punto de convertirse en una obra de arte. De esta manera, sus escenarios y exhibiciones se conjugan en una simbiosis vanguardista, eficaz testimonio de los logros tecnológicos y estéticos que puede alcanzar la humanidad en el siglo XXI.
La Ciudad de las Artes y las Ciencias, impulsada por la Generalitat valenciana, vio su primera luz en 1998, cuando se abrió su primer edificio: L’Hemisfèric, cuya estructura representa un gran ojo humano, el ojo de la sabiduría, como una manera de simbolizar la mirada que los espectadores hacen del mundo a partir de las proyecciones audiovisuales realizadas en este lugar. Son proyecciones magníficas a través de una pantalla cóncava de 900 metros cuadrados (Imax), dotadas con una nitidez extraordinaria y una impecable calidad en el sonido. Todo esto contribuye a crear un realismo excepcional que integra literalmente al espectador con las imágenes.
Hasta la fecha se han proyectado en la sala de L’Hemisfèric 32 películas de gran formato (que suman cerca de 30.000 horas de proyección), las cuales han sido vistas por más de cinco millones de espectadores.
El segundo edificio en abrir sus puertas, en el año 2000, fue el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, dedicado a presentar de manera didáctica y divertida todo lo relacionado con la evolución de la vida, la ciencia y la tecnología. Se trata de una construcción de proporciones grandiosas y formas orgánicas, que comprende casi 30.000 metros cuadrados de exposición. Su filosofía responde al lema: “Prohibido no tocar, no sentir, no pensar”, que bien podría aplicarse a la generalidad de la Ciudad de las Artes y las Ciencias.
La estructura del museo es única en el mundo debido a la geometría del edificio, los materiales que lo conforman (hormigón blanco y cristales) y la presencia continua de la naturaleza en él. Aquí la arquitectura, la ingeniería y el arte establecen una relación estrecha y se conjugan en pro de una causa común: la búsqueda en la simplicidad de los planteamientos y la elegancia en las formas arquitectónicas.
Continuando con el orden cronológico de estas imponentes construcciones, en el año 2003 le correspondió el turno al Oceanográfico, el único de los edificios que no estuvo en manos de Santiago Calatrava, sino en las de Félix Candela. La mano de su creador se percibe en cada uno de los espacios de este magnífico complejo marino, el mayor de Europa, en el que conviven 45.000 animales de 500 especies que habitan los mares y ríos del planeta.
La obra de Félix Cadena se ha caracterizado por sus cubiertas paraboloides hiperbólicas, que por supuesto hacen presencia en el Oceanográfico y que, al simular la forma de un nenúfar, le imprimen su personalidad única y particular al edificio. Ellas se combinan con las propuestas innovadoras de otros aspectos de la construcción, en las que se utilizaron los últimos conocimientos sobre la fauna y la flora marina.
De esta manera se les ha brindado a los peculiares habitantes del Oceanográfico un ambiente lo más parecido posible al de su hábitat natural. Son 110.000 metros cuadrados divididos en dos espacios: uno para los peces, invertebrados y aves, y otro para los mamíferos marinos. Ellos están dispuestos en acuarios, con total ausencia de barreras visuales y rodeados de túneles submarinos, que dan al visitante la sensación de adentrarse en lo profundo de ríos y mares, en un recorrido que los lleva a través de los ecosistemas del Mediterráneo, el Ártico, el Antártico, las islas del Caribe y el Mar Rojo, entre otros escenarios naturales.
El cuarto edificio que complementa la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia es el Palau de les Arts Reina Sofía, un centro de producción lírica de gran magnitud, que es la construcción más grande del complejo (37.000 metros cuadrados). Está conformado por cuatro salas, dotadas con los sistemas de equipamiento técnico más avanzados del momento. Entre ellos se destacan el sistema de plataformas en el escenario de la Sala Principal, que permite la rápida transformación de los decorados, y las pantallas ubicadas al respaldo de las sillas destinadas al público, en las cuales se puede obtener la traducción a diferentes idiomas de los textos que componen las óperas.
Avances como los mencionados, sumados a la pureza y vanguardia en las líneas arquitectónicas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, hacen que esta obra sea un perfecto ejemplo de estética y armonía, algo que sin duda llenará de satisfacción al arquitecto Santiago Calatrava, quien a lo largo de su carrera se ha caracterizado por la búsqueda de la perfección.
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