Despertar la inquietud y la admiración del público. Este ha sido el objetivo de la exposición “Psycho Buildings: Artists Take on Architecture”, realizada en la Galería Hayward, en Londres, desde mayo hasta agosto pasado.
El escenario de la muestra no fue gratuito, pues desde su inauguración, en los años 60, la galería ha sabido erigirse como ícono de la arquitectura inglesa y ha sido intervenida en diversas oportunidades por artistas plásticos, con el fin de convertirla en una expresión de su interpretación personal sobre las relaciones que establece el ser humano con los objetos y ambientes que lo rodean.
Algo similar han hecho diez creadores en esta exposición, apropiándose de los espacios de la Hayward y los han transformado mediante fotografías e instalaciones, para dar lugar a ambientes arquitectónicos y sensoriales bastante transgresores, ante los cuales ningún observador puede permanecer indiferente.
En la nómina de artistas invitados figuran un esloveno, un coreano, un cubano, un brasilero, un argentino, un alemán, un japonés, un austriaco y, por supuesto, un representante del Reino Unido. Todos aportaron lo mejor de su técnica y creatividad para sorprender al público.
El argentino Tomás Saraceno, por ejemplo, le dio vida a una gigantesca burbuja de plástico transparente e iridiscente, la cual ubicó sobre la fachada de la galería, de manera tal que los transeúntes se vieran obligados a observarla, mientras que los visitantes eran invitados a ingresar en ella para apreciar el cielo desde su interior. Podían hacerlo simplemente elevando sus ojos hacia el infinito o, en contraposición, bajando la mirada hacia el suelo, donde se colocó un espejo que reflejaba el azul intenso de la bóveda celeste. El nombre de la propuesta fue “Observatory”.
Otra de las creaciones que llamó la atención de los londinenses fue la del colectivo austriaco Gelitin, que instaló en una de las terrazas de la galería un estanque gigantesco sobre el cual navegaban sendos botes. Desde ellos era posible divisar las formas de los edificios más altos de la ciudad. En esta instalación los visitantes se convertían en un elemento adicional de la obra, ya que eran ellos los ‘marineros’ que debían surcar las tranquilas aguas a bordo de las embarcaciones.
Pero no todas las propuestas fueron tan tranquilas y relajantes como las de Gelitin y Saraceno. Otras, más transgresoras, dejaron en los asistentes un asomo de inquietud al sentirse violentados por sus planteamientos. Tal fue el caso de la creación “Fallen Star 1/5”, del surcoreano Do Ho Suh, en la cual el artista mostró cómo la casa asiática de su infancia colisionó con su primera vivienda en Estados Unidos. De esta manera evidenció a su vez el choque cultural que debió experimentar en su calidad de inmigrante y, según los conocedores, la distancia que se establece entre la permeabilidad coreana y la opacidad arquitectónica occidental.
Así como el oriental expresó la violencia que experimentó al ser transplantado de la cultura oriental a la occidental, Los Carpinteros, grupo proveniente de Cuba, puso de presente la agresión que experimentan los espacios por parte del hombre o de la naturaleza.
Este colectivo, conformado por los artistas Dagoberto Rodríguez, Marcos Castillo y Alexandre Arrechea, presentó un ambiente titulado “Shor Room” que volaba por los aires debido a un fuerte impacto. Por causa de él, se veían fragmentos de pared flotando, agujeros en los tabiques y destrucción por todas partes. En la misma línea se apreció el trabajo del británico Mike Nelson, que en “To the Memory of H.P. Lovecraft” construyó una sala vacía, con boquetes realizados a hachazos, como prueba indiscutible del paso de una bestia ausente que buscaba desesperadamente una salida.
De igual manera resultan sobrecogedores los desarrollos de Rachel Whiteread, que tomó un elemento tan inocente y fantástico como las casas de muñecas para ubicar 250 de ellas en la oscuridad y el vacío de un pueblo fantasma, o del alemán Michael Beutler, quien creó un laberinto de alambre y papeles de colores que transmitía todo tipo de sensaciones a quienes lo recorrían.
Hoy la exposición “Psycho Buildings” ya es cosa del pasado. Atrás quedó su intención de conmemorar el aniversario número 40 de la Galería Hayward. También el tributo que quiso rendir a Martin Kippenberger con su título, el mismo con el que el artista alemán, conocido por sus obras perturbadoras, bautizó uno de sus libros. Lo que definitivamente no queda en el pasado es su efecto en los asistentes que vieron las diferentes creaciones de los artistas invitados. Gracias a ellos tuvieron una percepción mental, conceptual y física de las instalaciones, que no sólo les generó un goce estético sino a la vez una reacción intelectual y emocional. Y este es, en últimas, el objetivo de toda obra de arte.
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