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Medio Ambiente

El archipiélago de los Roques, Venezuela

 
Textos y fotos Alejandro Balaguer.
 

En la línea del horizonte, el cielo se confunde con el mar en una sinfonía de turquesas. Sobrevuelo las 225.000 hectáreas de remotas islas que emergen del Mar Caribe venezolano protegidas por una espectacular muralla viva de arrecifes coralinos.

Los Roques es un paraíso formado por medio centenar de islas vírgenes e islotes rodeados por una gigantesca barrera de coral y playas de arenas acariciadas por aguas tibias que, en los últimos años, se han convertido en una meca del submarinismo, del relax absoluto y de la observación de la naturaleza marina.

El atolón de Los Roques se dispone en forma rectangular alrededor de una gran laguna marina, que encierra centenares de cayos solitarios cubiertos de verdes bosques de mangle e inexpugnables arrecifes coralinos donde se dan cita gaviotas, pelícanos, guanaguares, garzas, pájaros bobos y tijeretas.

Muchas de sus islas son residencia de aves en nidificación. Otras, como Dos Mosquises, son usadas como estaciones biológicas para un proyecto de incubación y reinserción de pequeñas tortugas a su mundo acuático, que puede ser visitado previa coordinación con las agencias de viajes.

La isla Gran Roques es la capital de este archipiélago, que forma parte de un extenso Parque Nacional marino, fundado en 1972, para la conservación de la langosta y de la tortuga carey, especie que ha sido muy golpeada por la sobrepesca regional.

Mi primera visión de Los Roques resulta ser un amor a primera vista. Docenas de botes recién pintados se mecen en la orilla mientras un grupo de viajeros dialoga con pescadores frente a la blanca capilla del pueblo. Centenares de pelícanos se lanzan como flechas en busca de peces a lo largo de la playa. El pueblo despierta y un nuevo día comienza. Las posadas abren sus puertas, llegan las primeras avionetas y los hombres de mar preparan sus botes para los paseos cotidianos. Hay armonía y belleza indescriptible en esta joya antillana.

Los roquenses tienen mucho de que sentirse orgullosos. Las visitas guiadas para el ecoturismo y la participación creciente de los pescadores locales en los servicios de transporte y hospedaje, generaron una comunidad sana con una auténtica conciencia conservacionista fundamentada en el negocio que brinda la conservación.
           
La isla fue poblada en un principio por pescadores, aunque en tiempos remotos fue visitada por las etnias caribes, que venían a practicar rituales funerarios en grandes canoas desde el continente. Después de la llegada de los conquistadores, las islas se convirtieron en refugio temporal de piratas y corsarios que planeaban ataques a la flota española, que partía rumbo a España cargada del oro y las riquezas saqueadas del Nuevo Mundo.

A mediados del siglo XVII, la fabulosa riqueza pesquera de Los Roques sedujo a los habitantes de la vecina Isla Margarita. Muchos llegaron a radicarse en la isla Gran Roque y sus descendientes siguen aquí transmitiendo a los visitantes las aventuras de sus antepasados.

Tras los años de la primera colonización por parte de los pescadores, vino la merma de las especies marinas, debido a la sobreexplotación de los recursos marinos. Por ello, llegaron científicos y conservacionistas convencidos de que este era un ecosistema privilegiado que debía ser protegido. Como resultado de gestiones efectivas, de vedas y de capacitación de los pescadores en el negocio del ecoturismo, se logró la recuperación del hábitat y de las especies que lo habitan. Hoy, el parque marino de Los Roques es un modelo a imitar en otras latitudes.

El sol cae ahora sobre un mar que parece de fuego puro, agitado por un cardumen enorme que me confirma la recuperación de un tesoro natural, refugio de vida perdido en pleno océano Atlántico.