Un mundo de coral vecino a una de las ciudades coloniales más bellas de América, Cartagena de Indias, seduce a los viajeros por la belleza de sus paradisíacas islas y por un pasado rico en leyendas de oro y piratas.
Una brisa cálida y húmeda impregnada de aroma de algas marinas arremete contra la heroica ciudad amurallada, saturándola de una densa atmósfera salobre. Entre las troneras que alojan cañones de antaño cubiertos de óxido, los enamorados se dan cita a su propio concierto de caricias haciendo de muchos recodos de la gran muralla un refugio para el amor.
Dentro de la ciudad vieja, las calles despiertan con el eco de los carruajes bajo los floridos balcones de madera que evocan el buen vivir de los tiempos de antaño. Sólo con cruzar sus muros fortificados, a través del triple arco de la Puerta del Reloj, toda la magia de siglos se hace presente en cada calle. Mi imaginación invoca a los fantasmas de los que habitaron Cartagena en tiempos de la colonia.
Vuelven así los vendedores de esclavos de Guinea, ofreciendo su mercancía humana en la Plaza de los Coches; tras los muros defensores, bellas damas criollas cubiertas de encajes almidonados toman el fresco en sus balcones mientras esperan la llegada de la Real Flota de Galeones al Muelle de los Pegasos, donde ahora espero el bote que me llevará hasta al Parque Nacional Marino de las Islas del Rosario, un reducto de piratas y corsarios del ayer que asediaron la ciudad.
Es que mediando el siglo XVI, la “perla española”, Cartagena de Indias, era el principal puerto y fuerte del Nuevo Mundo. Dan fe de ello sus once kilómetros de murallas llamadas por sus pobladores el “corralito de piedra”, que no es otra cosa que toneladas de bloques de arrecifes coralinos fosilizados, extraídos de canteras en tierra firme que hace millones de años estuvieron bajo el mar, para construir las defensas contra la artillería invasora.
Motivo para tal despliegue defensivo no faltaba; gran parte del oro de los incas y de la plata de la minas de Potosí capturadas por los conquistadores españoles llegaban a Cartagena de Indias, vía el Camino de las Cruces y la Aduana de Portobelo, en Panamá, para ser depositadas en el fuerte de San Felipe de Cartagena a la espera de su envío a España. Es por esto que piratas de la talla de Francis Drake, Martín Cote, Robert Baal y otros bandidos legendarios buscaron la forma de doblegar los cientos de cañones y kilómetros de muros que protegían la ciudad.
Hoy como hace siglos, la humedad omnipresente se funde con los ancianos muros de coral. Es tan densa que parece que todo el mar se elevará desde su fondo coralino y que cardúmenes imaginarios de peces plateados desafiarán las fuerzas de la razón, volando a través de la bruma sobre los viejos campanarios de la Catedral hasta la Bahía de las Ánimas, punto de partida para una navegación a lo largo de millas de costa refulgente, hacia las islas de arena como oro y mares de esmeraldas, destino perfecto para disfrutar el submarinismo, la naturaleza marina o el relax absoluto.
Son las nueve de la mañana y el Muelle de los Pegasos vibra de actividad. Ya no son colas de esclavos esperando a ser subastados, sino grupos de todas las edades, naciones y colores buscando cupo para embarcar hacia las Islas del Rosario.
Una morena prepara suculentas y fragantes ensaladas de frutas exóticas; guapas vendedoras ofrecen desde empanadas fritas y sandalias hasta anteojos de sol y cervezas; media docena de lanchas bien equipadas reciben a los turistas que van zarpando rumbo a mar abierto.
A medida que me alejo de la costa, el perfil de la noble Cartagena, destacando la cúpula de San Pedro Claver, se va perdiendo en el horizonte. Es una imagen memorable. Seguidamente, una sucesión de playas cubiertas de modernos edificios, luego de manglares y de pueblos ribereños, dan acceso a la isla Tierra Bomba, vecina a la fortaleza de San Fernando y a la batería de San José, ambas guardianas de Boca Chica, puerta de entrada desde mar abierto a la gran bahía de Cartagena. Media hora “cabalgando” sobre las olas del Caribe y llegamos al archipiélago de las Islas del Rosario.
Estoy en una ensenada de ensueño en una pequeñísima porción de tierra de origen coralino conocida como la Isla del Pirata, 45 kilómetros al suroeste de la bahía de Cartagena, a una hora aproximada en lancha. La isla forma parte, junto a otra treintena de islas habitadas, de un área marina edénica que abarca una extensión similar a 31.000 campos de fútbol.
Camino por senderos de arena blanca de la llamada Isla del Pirata, que me conducen hasta una ensenada de aguas cristalinas donde un par de pescadores afro-antillanos van recogiendo peces atrapados en sus redes durante la noche. A través del follaje observo la escena, uno de ellos ensaya con esmero la letra del colombiano Carlos Vives:
Carito me habla en inglés
Que me dice yo no se
Carito me habla en inglés
Que bonito se le ve…
Mientras escucho a este desafinado y poco convincente doble de Carlos Vives, distingo a lo lejos una tortuga marina que, ajena a los esfuerzos del desentonado cantador-pescador, evade el peligro de las redes, toma una bocanada de aire y se sumerge en el azul profundo. Cerca a la “gran viajera de los mares” otro bote artesanal pone proa a hacia mí. Los pescadores que van a bordo me muestran nutridas langostas y gigantescos cangrejos. “Para una buena cena caballero, no se la pierda”. Me tientan, aunque prefiero no ayudar a la merma de especies marinas que están acabando con los mares.
Fernando, un joven cartagenero que me ofrece sus servicios como guía de snorkeling,aprueba mi decisión. “Aquí estamos tratando de educar a los locales y a los visitantes en la conservación de los arrecifes coralinos, que ya están sufriendo por el calentamiento climático y otros males; tenemos casi cincuenta tipos de corales diferentes y, aunque no lo crea, en los últimos años han muerto más del 80%. Por esto, muchos nos hemos propuesto educar a la gente para que las especies puedan sobrevivir. Prueba de ello la verá en nuestro oceanario”, concluye.
De vuelta al muelle, las langostas y el cangrejo tienen nuevos dueños, son una pareja de italianos sibaritas que discuten sobre que sazón van a recibir los crustáceos. En tanto, un moreno cargado y cubierto de collares para la venta se me acerca y se presenta: “Mi nombre es Jesús, como el que murió en la cruz; cómpreme algún collarcito de coral, mi amigo, y no se preocupe que tengo unos muy buenos para machitos también”. Después de mis más firmes negativas, versus agotantes insistencias de su parte, Jesús entiende que no va a cambiar mis costumbres franciscanas. Pero dispuesto a no perder siquiera la mínima oportunidad de ganar algo de este encuentro, posa orgulloso y me dice: “Entonces tómeme una foto para promocionar mi negocio”. Lo inmortalizo. Es que Jesús, al igual que muchos isleños, ha tenido que alternar con la venta de artesanías para vencer la escasez de la pesca en los mares.
Pero es en la Isla de San Agustín donde conozco a los verdaderos “héroes del Rosario”. Son los biólogos y educadores ambientales que reciben en su ejemplar oceanario la visita diaria de cientos de turistas atraídos por el espectáculo que brindan sus delfines, tiburones, tortugas y cientos de peces tropicales.
En el embarcadero, media docena de botes han traído al menos unos doscientos visitantes que ingresan en pequeños grupos a través de un circuito de pasarelas de madera hacia los corrales submarinos, donde esperan los guías para darnos una amena introducción sobre el comportamiento y la importancia de la conservación de las muchas especies marinas que allí albergan.
De nuevo, los infaltables vendedores vuelven al acecho: “Coma, pruebe ceviche de langosta, agua fresquita para la sed, compre, compre dulces, cigarros, postales…”. Huyo hacia el interior del oceanario. Transito de un corral a otro aprendiendo sobre la voracidad de los jureles y escualos, la gracia de las manta-rayas, la tenacidad de las tortugas, la fuerza de los meros; pero el plato fuerte nos espera en el área de los delfines y los tiburones gato.
Rosy, una delfín hembra, vuela por el aire maravillando al público. “Son inteligentes, energía pura”, explica su adiestradora, “mírenla ahora saltando con su pareja; apláudanlos para motivarlos”.
Mientras nos regocijamos con sus saltos y piruetas, recibimos de la joven adiestradora una clase magistral: son mamíferos con dientes y cuerpo aerodinámico, atletas olímpicos del mar; llegan a medir cerca de cuatro metros y llegar a pesar hasta 300 kilos; son muy sociables, existen casos de amistad entre individuos que pueden durar toda la vida; son capaces de comunicarse y explorar su medio ambiente usando un complejo sistema de sonar biológico, esto les permite efectuar una suerte de mapeo del fondo para localizar posibles presas, orientarse en su navegación o anticiparse a los peligros.
Junto a los delfines, un corral con tiburones gato que han sido amaestrados nos deja boquiabiertos. De pronto aparece un hombre con un balde de pescados. “Ahora van a presenciar un espectáculo fantástico”, retumba la voz del adiestrador de tiburones por el altoparlante, “son todos nacidos aquí y son inofensivos”, explica el entrenador.
El hombre convoca a los tiburones que suben a una tarima flotante. Inmediatamente, mientras nos habla de sus hábitos y la necesidad de parar con su matanza, comienza a señalarlos por su nombre y a alimentarlos ante la mirada estupefacta del público en general. Nuevamente recibimos otra clase al aire libre. “Hoy, la ciencia estima que más de 150 millones de tiburones son sacrificados alrededor del mundo cada año”, nos dice. “Con la muerte de los tiburones se pierde el equilibrio entero de la cadena alimenticia, aumenta el peligro de plagas y se propagan enfermedades que afectan a muchas de las especies marinas”.
La jornada ahora llega a su fin. Con estos pensamientos en mente me despido de este modelo colombiano a imitar, que combina la diversión con la educación. Navegamos a toda marcha entre las islas. Destacándose junto a cocoteros y arbustos floridos, observo construcciones de casas veraniegas y hoteles de diverso calibre, de variados estilos, que han ido ganando terreno a la naturaleza interviniéndola hasta conformar un hábitat pintoresco.
Atrás dejo una joya marina que merece ser cuidada. El Caribe colombiano se viste de ocres para recibir a la sensual noche del trópico. Es otro atardecer glorioso que cae sobre el archipiélago y en la ciudad colonial más bella del Nuevo Mundo, punto de llegada de mi viaje desde un fabuloso mundo de coral. |