Dicen los entendidos que no se
conoce Zacatecas, o cualquier
otra de las ciudades coloniales
mexicanas, si no se han vivido sus“andanzas”. Y vivirlas supone cantar
y bailar al ritmo de los barreteros, un
sonido metálico y cadencioso que
producían las parejas de mineros
que trabajaban en las entrañas de
las montañas, uno sosteniendo la
barreta y otro golpeando con el
marro. Aquellos rítmicos sonidos,
que se remontan a la época dorada
de esta zona central de México en el
siglo XVII, han dado lugar a una de las
fiestas más tradicionales en las que
conviven diversas culturas.
En Zacatecas se llaman “andanzas”
o “tamborazo”, en Guanajuato son “callejoneadas” y en Oaxaca “tuna
de Antequera”; pero en síntesis se
trata de lo mismo: un itinerario festivo
en torno a una banda de ocho o diez
músicos que se realiza en la noche
por calles y callejones del centro de
la ciudad y en el que se combinan
canciones, música y danzas de
distinto tipo, con frecuentes paradas
en las que degustar un trago de
mezcal minero. Para que nada
estorbe, se cuelga un jarrito del cuello
en el que se escancia el licor en cada
una de las frecuentes paradas.
En sus orígenes, el “tamborazo” era
cosa de hombres y solo participaban
los mineros el sábado por la tarde
después de cobrar la raya (jornal).
Sus mujeres ya estaban instruidas
para buscarlos en la cárcel si no
llegaban a casa a tiempo. La mujer
usaba el dinero disponible de los
gastos de comida de la semana para
pagar la multa. Al salir de la prisión
el minero empeñaba su mejor traje
para reemplazar el dinero usado en
la multa. El siguiente sábado sacaba
su traje del empeño y la fiesta por las
calles volvía a empezar.
Hoy, poco queda de aquello. La
mayoría de las minas han cerrado y
los mineros han emigrado y buscado
otros oficios, pero la tradición y
la fiesta continúan. Y el escenario
de la representación sigue intacto.
Zacatecas, que como Guanajuato,
Querétaro y Morelia, forma parte
de la zona decretada Patrimonio de
la Humanidad por la UNESCO, es
una perfecta simbiosis de ciudad
española con carácter indígena, de
belleza criolla y orgullo mestizo.
Los españoles llegaron aquí en
1531, aunque su desarrollo comenzó
quince años después cuando se
descubrieron importantes yacimientos
de plata. En 1585 Felipe II concedió
a la urbe el título de “Ciudad de
Nuestra Señora de los Zacatecas” y
poco después la declaró noble y le
concedió escudo de armas. Durante laépoca colonial se establecieron variasórdenes mendicantes (franciscanos,
agustinos, dominicos, jesuitas,
juaninos y mercedarios), quienes
levantaron grandes monasterios y
templos que llegaban a competir en
suntuosidad y riqueza con las regias
mansiones de los ricos “aristócratas
de la plata”.
Una maravillosa irregularidad
La herencia religiosa y civil de su época
de esplendor se deja sentir cuando
se recorren sus calles, callejones y
plazas. Como todas las ciudades
mineras que crecían en aquellos
sitios donde se encontraban las vetas
metalíferas, con frecuencia en zonas
montañosas o cerriles, Zacatecas,
como Taxco o Guanajuato, carece
de la cuadrícula que organiza la
ciudad, pero tiene a cambio vistas
de enorme atractivo y variedad,
llenas de sorpresas. Su irregularidad
se convierte en una ventaja estética
indudable.
Construcciones de cantera rosa que
tiñen las plazuelas solariegas del
mismo color, la herrería de filigrana de
los balcones, callejuelas caprichosas
y rectas calles adoquinadas, pulidas
por el tiempo, perfilan su rostro
señorial. La cañada en la que
crece la ciudad genera un tejido
de calles irregulares, que de pronto
se amplían para formar una plaza,
como la principal, cuyos límites no
acertaron a advertir sus fundadores,
confundida con la calle alargada, a
la que dan sus construcciones más
importantes. Ahí está la catedral,
cuya fachada ornamentada deja
sin habla a quien la contempla por
primera vez. La construcción de este
edificio comenzó hacia 1730 como
parroquia y su diseño se atribuye
al arquitecto Domingo Ximénez
Hernández. En 1745 se terminó la
gran fachada, que se levanta como
un gigantesco retablo encajado
entre las bases de las torres. Las
columnas ornamentales están todas
labradas con profusión, en fuerte
relieve (que a veces alcanza los diez centímetros). Trece nichos alojan a Cristo y los
doce apóstoles. Otros elementos iconográficos
remiten a la Inmaculada Concepción, a la Trinidad
y a la Eucaristía, simbolizada por racimos de uvas
y ángeles con instrumentos musicales.
La catedral es testimonio de la prosperidad de
la minería zacatecana de mediados del siglo
XVII y a todo lo largo del XVIII, y la mayoría de
las construcciones coloniales importantes de la
ciudad datan de este periodo. Otro edificio digno
de mencionarse es el templo de San Agustín,
cuya portada lateral muestra dos enormes
estípites de apretado estilo churrigueresco. El
templo de Santo Domingo data del siglo XVIII y
conserva en su interior ocho hermosos retablos
de madera dorada. El Teatro Calderón, construido
en el siglo XIX, luce un sobrio estilo neoclásico y
conserva en su interior adornos de hierro forjado
y de maderas preciosas labradas, propios de laépoca de esplendor de la ciudad.
Zacatecas cuenta con varios y excelentes museos:
el Museo Pedro Coronel, alojado en el antiguo
colegio de San Luis Gonzaga, contiene la mejor
colección de piezas del arte universal formada
por el famoso pintor zacatecano Pedro Coronel;
el Museo Francisco Gotilla, el Museo Rafael
Coronel, que muestra una extensa colección de
5.000 máscaras de pueblos primitivos mexicanos,
africanos y australianos, así como dibujos
arquitectónicos realizados por Diego Rivera;
además, una exposición retrospectiva de la obra
de Rafael Coronel.
Conocer el interior de la mina El Edén es una
grata experiencia. Un trencito de estrechos
vagones, similares a los que en la época hispana
transportaban los preciosos minerales, conduce
a los visitantes por estrechos vericuetos donde
es posible admirar los brillantes colores de las
vetas. A la salida, se puede tomar el teleférico que
atraviesa por los aires de la ciudad hasta llegar al
Cerro de la Bufa.
Tesoros coloniales
Zacatecas puede ser también el punto de inicio
de un amplio recorrido por los tesoros coloniales
mexicanos, una red de ciudades herederas de la
conquista española que hoy son auténticas joyas
de arquitectura, muchas de ellas declaradas
Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
En los primeros diez años de conquista, fueron
fundadas Ciudad de México (1521), Oaxaca
(1521), Puebla (1531), Villa Real, hoy San Cristóbal de las Casas (1528), Querétaro
(1532), Pátzcuaro (1534), Valladolid —hoy Morelia— (1541) y Mérida (1542). Otros
asentamientos fueron resultado del nuevo orden económico; así nacieron las ciudades
mineras, como Taxco (1534), Zacatecas (1548) y Guanajuato (1557). Las ciudades
costeras, como Veracruz y Campeche, fueron consecuencia natural de las necesidades
de comunicación marítima con España y de ésta con el Oriente, a través del Pacífico
con destino a Filipinas, lo que implicó desarrollar puertos, como Acapulco.
Una de las ciudades más próximas a Zacatecas es Aguascalientes, fundada en 1575
para brindar amparo, refugio y protección a los viajeros en su tránsito por los antiguos
caminos de la conocida “Ruta de la Plata”. Un recorrido a pie por el centro histórico
de la ciudad permite descubrir bellísimas joyas arquitectónicas y numerosos vestigios
históricos que reflejan su valioso pasado. Por ejemplo, la Catedral Basílica, de estilo
barroco salomónico y en la que destaca la Capilla del Sagrario y su pinacoteca
religiosa. La ciudad se caracteriza también, como su nombre indica, por los prestigioso
balnearios.
No muy lejos está Guanajuato, cuyo nombre significa “cerro de ranas”, fundada en
1552. Está ubicada en un estrecho valle protegido por áridas montañas. Bajo un cielo transparente y azul, sus casas, calles
y vericuetos se amoldan a la accidentada
topografía del lugar. La ciudad creció un poco
al azar, sembrando aquí y allá balcones, plazas
y callejuelas que después fueron uniéndose
al pie de mercados e iglesias. Guanajuato es
una ciudad bella y acogedora, la traza de sus
calles forma sorprendentes rincones como el
famoso callejón llamado del Beso, que debe su
nombre a una romántica leyenda colonial. Tres
de las edificaciones en las que se manifiesta
el estilo churrigueresco son los templos de
la Compañía, San Diego y San Cayetano,
del siglo XVIII. Sobresalen a su vez notables
edificios como el Teatro Juárez, la Alhóndiga
de Granaditas, la Universidad y la mansión del
Conde Rul, entre otras.
El estado vecino es Querétaro cuya capital,
del mismo nombre, consiguió una gran
prosperidad económica en el siglo XVIII,
que dio a la ciudad su perfil característico
perdurable hasta nuestros días: iglesias,
conventos, plazas que fueron talladas en una
piedra rosada, suave y tersa. Una de las obras
civiles más admirables de América construida
en el siglo XVIII es el imponente acueducto de
1.280 metros de longitud, con una monumental
arquería que alcanza hasta 23 metros de
altura. Algunos edificios son verdaderas joyas
coloniales, entre los más notables de arte churrigueresco se encuentran: el convento
agustino, el templo y convento de San Francisco, las iglesias de Santo Domingo, la
Congregación, Santa Clara y Santa Rosa; el edificio del actual Palacio de Gobierno,
construido en el siglo XVIII, cuya fachada muestra barandillas de hierro forjado. Frescos
jardines y parques públicos, como la Alameda Hidalgo y la Plaza de la Independencia,
invitan a descansar contemplando la hermosa arquitectura de su entorno.
Morelia, capital del estado de Michoacán, es una ciudad de singular belleza, un
grato ambiente estudiantil y magníficas construcciones coloniales. Entre las múltiples
edificaciones dignas de mencionarse está la Catedral de estilo barroco, cuya fachada
en forma de tríptico es una lección de señorial belleza; el Palacio de Gobierno que
data del siglo XVIII; el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, cuyo fundador fue Vasco de
Quiroga, y el Palacio Clavijero, antiguo convento jesuita, entre otros. Diversos museos
guardan tesoros de la época virreinal; entre ellos destacan el Museo de Arte Colonial,
que muestra una colección de Cristos hechos de pasta de maíz, de los siglos XVI y XIX
y el Museo Michoacano, que exhibe piezas arqueológicas.
El rápido recorrido por los tesoros coloniales mexicanos concluye en San Luis de Potosí,
llamada la “ciudad de los jardines” por sus numerosas plazas, la capital del estado
se extiende en una árida llanura, con su traza de ajedrez, edificios de cantera y casas
sobrias de balcones y nobles proporciones. Entre sus abundantes monumentos, la
ciudad guarda uno de los ejemplares más valiosos del arte churrigueresco: la capilla de
Aranzazu del ex convento franciscano, hoy ocupado por el Museo Regional Potosino.
En la Plaza Mayor se eleva la Catedral de San Luis Rey, que data del siglo XVII, en su
fachada sobresalen las figuras talladas en piedra de los doce apóstoles, copia de las
que hiciera Bernini en la Basílica de San Juan de Letrán en Roma. En una de las más
bellas plazas de San Luis se asienta el templo del viejo ex convento del Carmen, erigido
a mediados del siglo XVIII, cuya portada es de estilo barroco churrigueresco. El templo
de San Francisco, construido en el siglo XVII, presenta una caprichosa fachada barroca
en la que |