Allí al Sur se levanta: impresionante, abandonada, en silencio, sobre
la cúspide de elevadas montañas, entre dos picos escarbados de los
Andes peruanos, guardando los secretos de la milenaria cultura inca.
Los nativos la llaman Machu Picchu (Vieja Cumbre) en honor a una de
las dos montañas que la resguardan. La otra, más alta que la primera,
es conocida como Huayna Picchu (Joven Cumbre).
Para llegar a disfrutar de este impactante escenario se puede tomar
el antiguo Sendero Inca que comunica con Cuzco o el ferrocarril, con
dos alternativas: el tren indio, que parte de Cuzco hacia las cinco y
media de la mañana abarrotado por los lugareños y cuyo recorrido
toma casi siete horas; o el tren para turistas, que parte puntual casi
todos los días a las siete de la mañana y llega a las diez y media a la
estación del valle de Machu Picchu, donde los viajeros abordan un
autobús hasta las ruinas.
Hasta hace unos treinta años, los viajeros hacían la última parte de su
jornada hacia la Vieja Cumbre a lomo de mula y escalaban la montaña
por una tortuosa senda, bordeando precipicios escalofriantes. Hoy
podemos desplazarnos en avión hasta Cuzco, la capital del antiguo
imperio de los incas, situada a 3.467 metros sobre el nivel del mar.
Desde allí se desciende, como ya queda dicho, o bien a pie por el
camino Inca o bien por un ferrocarril de vía estrecha a lo largo del valle sagrado del río Urubamba. Antes de llegar a la ciudad hay una
cuesta de seiscientos metros de altura.
En la actualidad, por una estrecha carretera de ocho kilómetros de
largo y con varias curvas sumamente pronunciadas, se asciende
la pendiente en un autobús. Después de recorrer las primeras
curvas, va apareciendo la imponente cumbre del Huayna Picchu,
como si las innumerables imágenes donde aparece cobraran vida
en ese momento. Al final del recorrido, y una vez que los viajeros
han descansado brevemente (en un hotel que rompe ligeramente
la armonía majestuosa del entorno), un guía los conduce por el
laberinto de doscientas casas y templos sin techumbre.
Pero, ¿quién redescubrió la majestuosa montaña y nos dio el
privilegio de poder disfrutar hoy de este legado arquitectónico
que inevitablemente nos deja anonadados? Hiram Bingham,
joven profesor norteamericano de historia latinoamericana en
Yale, New Haven, investigando las leyendas tejidas en torno a
la llacta (fortaleza) de Vitcos o Viticos —el último refugio de los
incas tan ferozmente perseguidos por los españoles en la selva
de Vilcabamba— y en 1906 realiza un viaje por la ruta Buenos
Aires-Cuzco arribando a las imponentes ruinas que ahora se
conocen como Choquequirao.
Pero Bingham no se dejó impresionar,
porque para él la Vitcos de sus sueños
debía ser más imponente aún. Sin embargo,
continuar con sus exploraciones implicaba
regresar Estados Unidos a recaudar fondos.
Fue entonces cuando logró despertar el
interés de la National Geografic Society y la
universidad de Yale, que se convirtieron en
sus principales patrocinadores. Encontrar
Victos era ahora no solo un interés personal,
sino que se había convertido en un proyecto
patrocinado.
El 24 de julio de 1911, en compañía de
dos amigos científicos, algunos ayudantes
indios y un sargento de policía, como
escolta, comenzaron el ascenso al cañón
del Urubamba. Por fin, después de una
dispendiosa y agotadora ascensión de más
de 700 metros que les tomó días abriéndose
camino a través de la selva, llegaron a
una choza de paja, donde unos indios les
brindaron agua fresca y patatas hervidas, y
de paso, les comentaron que justo a la vuelta
había unas viejas casas y muros. Bingham
dio la vuelta a la colina y maravillado con el
espectáculo que tenía ante sus ojos, supo
que había encontrado su sueño: era la legendaria Vitcos.
Primero vio cerca de cien terrazas de piedra escalonadas,
admirablemente construidas, que medían centenares de
metros: una especie de granja gigantesca que cubría la
ladera y se alzaba hacia el cielo. Todo ello se encontraba
medio oculto por un espeso entramado de árboles y
matorrales, infestado de serpientes. Tras hallar Machu
Picchu, Bingham regresó a Estados Unidos y contrató
una plana de arqueólogos y antropólogos —entre ellos
G. Eaton— para excavar el lugar.
Tal vez la mayor joya arquitectónica que encierra Machu
Picchu sea su conjunto de muros inclinados. En lo alto
de la ciudad, donde los incas rendían culto al Sol, los
distintos templos, que constituyen uno de los ejemplos
más admirables de sillería primitiva que existe en el
mundo, representan el trabajo de generaciones de
maestros artesanos. No hay dos piedras iguales; cada
una fue tallada para ocupar un determinado lugar, conángulos caprichosos y protuberancias meticulosamente
labradas que encajan unas con otras, como si se tratara
de las piezas de un rompecabezas.
De especial connotación es la unión entre las piedras,
tan perfecta que resulta imposible introducir una hoja o
un cuchillo; y lo más asombroso: no usaron pegamento
alguno. Las principales calles de la ciudad están
conformadas por escaleras y la
avenida central va escalonada
desde el nivel inferior, pasando
ante docenas de casas, hasta la
cima de la ciudad. El acueducto—una ingeniosa procesión de
fuentes que divide irregularmente
la ciudad desde la parte superior
hasta la inferior— conducía el agua
por una serie de canales de piedra
desde los manantiales, a unos dos
kilómetros de la montaña, hasta
las fuentes de la ciudad mediante
un complejo sistema de orificios
practicados en los gruesos muros
de granito.
Vista desde las montañas que
la dominan, Machu Picchu se
eleva al cielo como una fortaleza
inexpugnable que podía ser
defendida por un puñado de
hombres. En la cima de los dos
picos, a unos 700 metros sobre
el turbulento Urubamba, hay dos
atalayas de piedra desde donde
los centinelas escudriñaban el valle y daban la voz de alarma cuando se
aproximaba algún intruso. Dos murallas,
una interior y otra exterior, así como un
foso, completan las defensas naturales
de la ciudad, además de un sistema
intrincado de cerraduras tallado en
la puerta principal. Un conjunto tan
complejo de elementos de protección
sugiere que la ciudad debió de ser
un baluarte interno muy importante
del imperio inca y quizás un santuario
dedicado al culto de los antepasados y
a otras prácticas religiosas.
Uno de los descubrimientos más
importantes realizado por Bingham
fue el hallazgo de los muros de una
mansión, primorosamente tallados, que
tienen tres ventanas que miran hacia el
sol naciente, tal como la legendaria casa
real de donde se dice que partió el primer
Inca para fundar su dinastía. La ciudad
entera se eleva al cielo para culminar
en el tradicional reloj de sol, que medía
las estaciones. En un rito solemne que
tenía lugar en el solsticio del invierno,
los sacerdotes ataban el Sol a un plinto,
tallado todo de un solo bloque de granito,
que surgía de una plataforma.
En pleno auge del imperio inca había en
todas las provincias del reino escuelas
donde se adiestraba a las jóvenes más
bellas para servir en casa del soberano
o de sus nobles, así como para oficiar
en ciertos ritos religiosos. Muchas de
esas escuelas fueron destruidas por los
conquistadores y es muy posible que
un grupo de muchachas supervivientes
fueran llevadas secretamente a Machu
Picchu. Pero las mujeres fueron muriendo
con el paso de los años, la jungla fue
cubriendo los templos, y no quedó nadie
que pudiera relatar la verdadera historia
de la ciudad.
Machu Picchu continuará fascinando a
generaciones enteras, pues su misterio
se ha ido a la tumba llevándose a
toda una cultura, pero aquel legado
permanecerá perenne, demostrando que
|