Carreras de cuadrigas, carrozas que ensalzan a Nerón y Cleopatra, alardes de caballistas vestidos de romanos... No, no se trata de una recreación de alguna de las películas que dieron fama a Cecil B. de Mille o Samuel Bronston. Es una parte de la celebración secular de la Semana Santa en Lorca (Murcia). Una fiesta que hace un año fue declarada de Interés Turístico Internacional y que une como ninguna otra la pasión de la celebración religiosa y la vistosidad de un tardío carnaval.
La Semana Santa es, sin duda, la manifestación festiva más arraigada de España. Cada pueblo, cada ciudad, cada barrio la vive de una forma diferente. Con pasión, con recogimiento, con devoción, incluso con alegría. Pasos, cirios, nazarenos, Vírgenes y Cristos de todo tipo conmemoran, siempre en la semana de luna llena tras el equinoccio de primavera y este año más temprano que nunca, la pasión y muerte de Jesús.
La Semana Santa de Lorca tiene todo eso, y mucho más. Y eso es lo que la hace totalmente diferente a cualquier otra en España y en el mundo. Aquí las Vírgenes compiten en belleza y devoción. La Virgen de la Amargura y la Virgen de los Dolores arropadas por los seguidores y cofrades del paso blanco y el paso azul, respectivamente, no sólo muestran sus galas, con mantos bordados en oro y sedas por pacientes lorquinas que se afanan en esta secreta tarea durante todo el año, sino, sobre todo, en magnificencia, imaginación y despliegue de medios.
Porque una de las singularidades de la Semana Santa lorquina es su peculiar mezcla de exaltación religiosa y superproducción al mejor estilo de Hollywood. Personajes de las culturas precristianas como Ptolomeo IV, Vespasiano, Domiciano, Tiberio, Moisés y hasta los mismísimos Julio César, Nerón o Cleopatra pasean en espectaculares carrozas por las calles de Lorca en un alarde politeísta y un batiburrillo histórico difícil de imaginar. Y junto a ellos, las acrobacias de carros y caballos que serían la envidia de Ben-Hur o del propio Búfalo Bill.
Tras este espectáculo visual está el trabajo de todo el año, la búsqueda de los mejores caballos andaluces, gallegos y murcianos, y la contratación de los más arriesgados especialistas en acrobacias.
Pero, junto al espectáculo único, se impone la pasión. Y el orgullo de ser de uno de los bandos. Es el mundo dividido en dos. O Blancos o Azules. Es el fervor y la pasión cantada, gritada, exhibida como se ostenta lo que de verdad te distingue. Son corros de personas a la puerta de las iglesias donde están la Dolorosa de los Azules o la Virgen de la Amargura de los Blancos, corros en donde las gargantas se jalean unas a otras, se calientan tratando de ver quién llega más lejos y má fuerte en el “¡viva!”
Una celebración de Semana Santa católica, apostólica y... pagana
Bordados de oro y seda
Y junto a la pasión, el fervor no sólo religioso sino también artesanal que
se muestra en los mantos de las Vírgenes o de los personajes históricos
en forma de bordados que a lo largo de la carrera se exhiben: auténticas
joyas eruditas urdidas con primor, en silencio y en secreto. Las manos
de las bordadoras lorquinas, sus labores de oro, seda y tejidos finos
son un bien muy cotizado cuyos resultados, en estandartes, capas y
distintos ornatos, arrancan el aplauso espontáneo del público.
No todo acaba ahí. Detrás de las caballerías, de los grupos que desfilan
a pie, de las carrozas y cuadrigas, de las filigranas que hacen unos y
otros ante los miles de espectadores, llega el momento del auténtico éxtasis colectivo, el momento en que los tronos
de la Virgen de los Dolores y de la Virgen de la
Amargura pasean ante el pueblo. Lorca es un clamor,
un ascua viva. Cada cual aplaude a su imagen, pero el
respeto hacia la del bando opuesto es tan formidable que
no cabe más que pensar que allí, cada año, desde hace mucho
tiempo, tiene lugar uno de los momentos más sublimes a los que
nadie pueda someter sus sentidos.
Una larga historia
La Semana Santa de Lorca, tal como la conocemos, nació probablemente en 1855,
cuando la cofradía de los Azules decidió salir en procesión con túnicas de rico terciopelo
bordado en oro. La cofradía de los Blancos no podía rivalizar en este terreno, ya que sus ordenanzas determinaban que el uniforme debía ser de sencillo lienzo, por lo que
optó por una innovación capaz de atraer la atención de los fieles. La
innovación consistió en la escenificación de “La entrada de Jesús en
Jerusalén”, en la que intervinieron treinta personas. Al año siguiente, los
Azules representaron “la calle de la Amargura”, compuesta por guardias
pretorianos, el pueblo deicida armado con los instrumentos del
martirio, Gestas y Dimas, y unos cuantos personajes más extraídos de
los autos sacramentales todavía vigentes en los pueblos huertanos.
A partir de aquel momento sólo fue necesaria la intervención de algún
obispo o algún cofrade capaz de ir dando forma a la imponente comitiva
que integra los desfiles procesionales. La rivalidad entre las cofradías se
encargaría de poner la nota de suntuosidad en lo que hasta entonces
había sido una sencilla sucesión de actos penitenciales. Desde aquellaépoca la Semana Santa lorquina quedó integrada a las tradiciones
populares con un aire de esplendor operístico, probablemente muy
ajeno a la atmósfera cultural que se respiraba cotidianamente en la
ciudad. Entre unos y otros se fue formando una escuela de bordado
que, utilizando materiales tan preciosos como la seda, el oro y la plata,
desarrollaría un repertorio de técnicas exquisitamente difíciles y de
composiciones tan efectistas como las de la mejor pintura académica.
Los mantos de las imágenes, las capas de los jinetes, las vestimentas
de todos y cada uno de los personajes y has ta los capirotes de los
nazarenos son auténticos muestrarios de un arte delicadísimo y, al
mismo tiempo, son la demostración de que la Semana Santa de Lorca
es algo que va más allá de lo puramente teatral.
Para más información:
Oficina Municipal de Turismo de Lorca
Tel. 968 441 914 • Fax: 968 466 157
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